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viernes, 15 de enero de 2010

La Demostración (Capítulo I)


Las circunstancias del amor pueden generar complicaciones tan fuertes, que un burdel puede resultar siendo la peor opción. Empezaré a relatar esta parte de mi vida, no contada antes, donde la causa neurálgica de tan terrible mal tuvo por nombre Anita.

Mi nombre es Luis Alonso, hoy tengo 19 años, y todo se remonta a mis 17 cuando tuve una enamorada con la que duré tres larguísimos meses. Sí larguísimos. Parece haber sido la relación más larga que he tenido en toda mi vida. Estudiábamos en la misma universidad, la misma carrera y en el mismo salón. A ser sincero, siempre me pareció curiosa pero jamás me fijé en ella como muchos otros del salón. Fue ella la que me buscó.

-¿Es cierto que eres gay?-arrojó esa interrogante la primera vez que intercambiamos letras por MSN.
-¡Qué!, de dónde sacas eso. Seguro los patas que se sientan al fondo te han dicho eso. Lo dicen porque me tienen envidia. Sarta de energúmenos-encolerizado respondí.
-No, las chicas también dicen eso de ti-frescamente presionó el enter.
-¡Qué!, seguro que no les he dado bola- sentía mi virilidad aplastada.
-No sé, pero dime la verdad, ¿eres o no eres?-fría y con todas las de hacerme enojar, o sabrán los dioses las intenciones que guardaba esa loca que me cuestionaba de tal manera.
-No te basta con lo que te digo. Claro que no lo soy, ¡qué!... ¿quieres que te lo demuestre?-Contraatacado lancé la arrebatada pregunta.

Pasaron cinco minutos y me di cuenta que le hice callar con todas sus tonterías, jamás habíamos hablado en persona, pero por los medios virtuales sí que se desenvolvía muy bien la desgraciada. Como pasaron los cinco minutos, ansioso yo, le lance otra ofensiva.

-Huy, calladita te quedaste.
-No, ya pues demuéstramelo-respondió al segundo. ¿Y cómo lo harás?

Fui yo el que esta vez me demoré en responder, mis dedos se trabaron.

-Huy, calladito te quedaste.
-Con un besito-escribí.
-¡Ja! Un besito hasta una chica me lo puede dar- descargó su ironía.
-Pucha, eres desesperante. Está bien te daré…una de esas arrinconadas que jamás olvidarás, con la lengua hasta el fondo y todo.
-jajajajaja // de acuerdo // eso espero.

Todos los días la veía en la universidad sin atreverme a decirle palabra alguna. Las veces que me veía pasar, sólo me miraba y sonreía. No sé cómo, pero más allá de querer besarla sólo por orgullo me parecía día a día más bonita. Su sola sonrisa, llenaba mis emociones con unas ganas tremendas de besarla. Me encantaba cada vez más y más. Quería hacerla mía.

-No me demuestras nada, creo que lo que se dice en el salón de ti es cierto-sólo por el alcahuete MSN me clavaba sus reclamos.

Sabía que lo hacía para provocarme, sabía que lo hacía para que me decida de una vez, sabía que le gustaba. Pero odiaba la manera de cómo quería conseguirlo. Muchas chicas me han mandado indirectas para que las agarre como bacilón, pero jamás con ese método. ¿Qué soy maricón? Qué cólera me da. Sólo porque soy musculoso, y toda mi ropa me queda apretada. Me veo sexy, es la diferencia. Lo que me llama la atención es que jamás en mi puñetera vida me han dicho algo parecido. Me han dicho de todo, pero jamás maricón. Y eso es lo que más detesto. Odio las calumnias.

La Universidad Nacional del Santa (UNS) empezaría una más de sus estúpidas huelgas: profesores incompetentes que quieren ganar más, bueno, no generalizo hay tíos que enseñan muy bien (uno por ciclo). El hecho era que ya no volvería a ver a Anita y no podía quedar mi orgullo así. Tal vez la huelga dure tres meses o más como era de esperarse, y hasta ese momento la chispa del agarre se me iba a pasar. Quería agarrármela, sí o sí, ya tenía el bicho en mi cuerpo y no se me podía quitar.

-Hola Anita-envié un desesperado zumbido.
-Hola Alonsito, dime qué pasa.
-Mañana ya no hay clases-para lo mucho que me importaba.
-No pues-ese era un “no pues” frío y sarcástico.
-¿Quieres que te lo demuestre?
-Jajaja ¿hablas en serio?
-Ya vez, se ve que eres tú la que me tienes miedo. No quieres que te demuestre nada, eres puro bla bla bla.
-¿Cuándo? ¿A qué hora? ¿Dónde?-me sorprendió la velocidad con la que me respondió.
-Hoy a las ocho de la noche en la Plaza de Armas-tecleé.
-Ok.
-Ok, voy saliendo nos queda media hora, chao.
-Perfecto, yo también salgo. Bay.

Me puse una de mis casacas de cuero más caras, un pantalón al cuete, y mis lentes de contacto gris. Salí presuroso de mi casa. Ya me había pasado quince minutos (a pesar de que me había bañado lo más rápido posible), y entre mi me decía “pucha, qué roche, ya llegué tarde, a pique ya se quitó.” Mientras eso le decía a mi mente cuando llegaba a la Plaza de Armas, observé a lo lejos una linda muchachita caminar por la panadería Don Lolo. No podía creerlo, ¿era Anita? Sí, sin lentes, y bien arreglada. Dicen que las chicas suelen ponerse pantalones con truco para que se les vea más grande la pompa, y polos que tienen una especie de magia para generar cierta silueta perfecta. Sea como sea la vi espectacular. No me había dado cuenta que era la más hermosa del salón; a diferencia de cómo iba siempre, aquella vez se le veía genial, fantástica.

-Hola Anita.
-Hola Luis Alonso.
-Bueno a dónde me llevarás-dije como si yo fuera el cortejado.
-Cómo que a dónde te llevaré-frunció su ceño con cierta rareza.
-Tú tienes que agasajarme pues…ja…no mentira, vamos para allá.

Nos dirigimos al Malecón, y hablé demasiado, muchísimo. Era evidente que estaba nervioso. No sé como reaccionarán los demás pero cada vez que lo estoy hablo en exceso. No sabía en qué momento decirle “oye, ¿y la demostración?” Hablábamos casi de todo: amor, cine, mitología, política, sexo, economía, psicoanálisis, antisemitismo. Era una de las pocas chicas que le encantaba escucharme hablar de esos temas (al menos no era por compromiso como otras), y no sólo eso, luego me di cuenta que ella también investigaba para preguntarme algunas cosas después. Bueno, ese no es el punto. Ya habían pasado dos horas y nada de nada. Fue entonces cuando pensé: “Al parecer no pasará nada.”

-Ya es tarde, quizá tu familia esté preocupada, ya vamos a tu casa-le dije.
-Sí, Luis Alonso. Tienes razón. Ya vámonos.

Hacía demasiado frío, y en ese momento le dije a mis adentros: “esta es mi oportunidad.”

-Hace frío, ¿no?
-Pucha, sí Alonsito. Estoy temblando.
-Entonces…-titubeaba- te abrazo para que se te pase.
-Ya-fue un “ya” tímido y casi imperceptible.
-¿Crees en la quiromancia?
-Ah ya, eso que tiene que ver con la lectura de manos que adivinan tu destino.
-Exacto.
-No, no creo.
-¿Qué no? Yo tampoco, pero hay algo interesante, mira trae tu mano.
-No, yo no creo.
-Pero trae nada más, no te va pasar nada.
-No, no me gusta.
-Confía en mí. En serio-no le di chance y le cogí la mano sin darle tiempo de quitarla.

Sentí el calor de sus manos. Una gran energía se desprendió de nuestros organismos: ella lo sintió y yo también. En ese instante al fin se dio cuenta que mi intención no era leerle su aburrido destino sino sólo tocarla.

-Esta es la línea de la vida-tocaba delicadamente su pequeña mano. Vas a vivir mucho tu raya es bien grande.

Empezamos a reír con una y diez idioteces que se me ocurrían en ese momento. Fue divertido, poco a poco me fui pegando más a ella. Le cogí la otra mano y así andamos pegados buen tiempo.

-Luis Alonso, acompáñame hasta aquí, no quiero que los que viven por mi casa te vean cerca. Son chismosos y habladores.
-Te entiendo perfectamente. No hay ningún problema.

Antes de despedirnos seguíamos así de pegados. Tanto ella como yo, no nos quisimos soltar. Bien pegados, muy pegados. La miraba fijo, muy fijo. En realidad se me hacía imposible atreverme a darle un beso. Le arrugaba, tontamente me imaginaba una choteada por parte de ella. En eso para romper el hielo del silencio y mi nerviosismo le dije: “¿y la demostración?”

-Qué, de verdad-un tanto nerviosa se mostró.
-Ja, no sé-no supe dar respuesta.

Me acerqué lentamente a sus labios, pero ella por un impulso desconocido o autorreflejo me esquivó. Me alejé un tanto, le di un beso en el rostro, bajé lentamente a sus labios y ella parsimoniosamente subió los suyos a los míos. Fue bomba, una explosión colosal. No lo podré olvidar, ¡qué beso! Nunca pude imaginar que aquella chica que se sentaba al fondo toda tranquila y media monce me dé un beso como lo hizo ella.

La demostración duró cerca de dos horas, a punta de puros besos. Éramos incansables. Me introducía su lengua de una manera tan dulce y excitante, sus labios carnositos, recorrían todo el dorso de mi rostro. Me soplaba la oreja y yo uf. “Esto amerita un telo” pensé. Pero tenía diecisiete años y aún era casto. Siempre tuve una idea diferente para mi primera vez a diferencia de cómo pensaban mis amigos: “Mi primera vez será con alguien que también sea su primera vez, ambos debemos querernos demasiado, tal vez amarnos, y hacer de aquel día muy pero muy especial.” Vaya idiotez, en fin, por esa razón no pasó nada aquella vez.

-Ahora sí me voy Luis Alonso-se dio cuenta tal vez, que no habría telo esa noche.
-Yo también-nos dimos repetitivos besos sin querernos soltar.
-Adiós.
-Adiós.

Dice un proverbio popular que lo que ocurre una vez puede que jamás vuelva a suceder, pero lo que ocurre dos veces puede que suceda una tercera y quizá más. Ojalá esa hubiera sido la única noche, pero sus besos malditos con brujería no lo permitieron así, y por culpa de esos besos es que me encuentro ahora cumpliendo una tonta pena en la cárcel.

Siguiente: La Demostración (Capítulo II)
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He sido elegido por obra y gracia de Jorge Luis y Reiner santos para escribir esta historia en A Choteadas Aprendí, un blog de nuestra congestionada capital peruana. Allá se posteó el primer capítulo y aquí se publicará el segundo y los sucesivos.

Besos y abrazos de su buen TucuyRicuy.

2 comentarios:

  1. Ya quisiera, yo, volver a los 17, o, no sé, a alguna edad por ahi en la que los besos, ¡oh, Becquer!, todavía significaban tanto para uno...

    saluos!!

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