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lunes, 24 de enero de 2011

La Demostración (Capítulo IV)



La mierda se me había subido a la cabeza mientras recordaba un rostro estúpido y melancólico.

La relación terminó, sólo fue eso. No hubo culpables, ni ella ni yo. Quizá el destino que deparó entre nosotros la existencia de los celos extremos, obsesivos, dementes. Es probable que nunca haya habido amor, y si lo hubo fue para aprobar categóricamente la tesis de Nietzsche sobre la demencia en ella. De lo que sí puedo estar seguro es de lo muy bien que me enseño a ser posesivo (y a tirar como conejo). Luego alguien tuvo que cortar la relación, y fin de la historia.
Terminamos de la forma más estúpida del mundo. O terminamos como todo empezó. Por el msn.
Que desgraciada para más cobarde. Desde ese momento había algo que no me olía tan bien. A mí me da igual que terminen conmigo. Si se termina, se termina y punto. Para qué los rodeos. Todo se escupe en la cara. Pera ella no lo hizo, sino de lejitos, a escondidas, de seguro, algo traía entre manos.
***
La mierda seguía bailando sobre mi cabeza mientras miraba las luces rosas que alumbraban cada puerta. Mis pupilas se paseaban sobre los cuerpos semidesnudos que me invitaban al tire. Yo las miraba sin entusiasmo. No había de mi gusto. Sus caras languidecidas coqueteaban con júbilo con cuanto tío desesperado había. Yo también lo estaba, pero no quería una puta, quería a Anita. Su imagen se paseaba sobre mis recuerdos más insoportables con cada paso que daba. Mientras más la recordaba, más la detestaba. Más aún, cuando la evocaba con su mejor amigo, Mario, de quien siempre sospeché alguna infidelidad, a fuerza de mis pensamientos. Nunca tuve pruebas, pero sí mis razones, quizá insuficientes para encararla.
-Luis Alonso, ¿sigues con Anita? -recuerdo, me llamó Lolo.
-No. Nos dimos un tiempo, hace dos días. ¿Por qué? ¿Sucede algo? ¿Está con otro? ¿Agarró con Mario?
-No nada, sólo preguntaba. Tuve curiosidad, tengo que colgar, chao tío-mil rayos le partan, en ese lapso me lo imaginaba atado a una silla de metal reluciente haciéndole hablar al compás del chirrido de una sierra eléctrica.

Estaba delirando. Tanto tiempo estuve debajo del oscurantismo de una relación enfermiza, que cuando miré la luz de mi libertad, esta me hizo arder las vistas tanto como cuando uno se echa limón a las escaldaduras.
Entre tanta mercenaria del sexo, hubo una que llamó mi atención. Tenía una mirada perdida, triste y cautiva, delgada de dos buenas tetas y un grato trasero. Aunque estaba rica, su sola puesta en escena me causó ternura, compasión. Por un momento creí quererla, mi espíritu quería hacerle el amor, fusionarse con ella, hacer que se introduzca a Demetrio, que diga que es mía y finja que me ama. No podía más, me puse impaciente, quería acercarme pero el chorreo ansioso de una gota helada sobre mi cuello me detenía. Un tipo se acercó al umbral de sus servicios, ella hizo un no con sus muecas y éste se alejó. No quise que se acercara nadie más, quería entrar…seguía transpirando… tenía que entrar…y librarme de la fragancia de Anita que destilaba mi cuerpo.
-20 soles ¿no?
-Yo cobro 30.
-No importa, entro.

Pidió que me sentara sobre la cama. Sólo al sentarme pude darme cuenta del nuevo mundo que descubría. El color rosa característico alumbraba un agua manos, un lavatorio de aluminio y hasta un inodoro pulcro y escondido detrás de un tripley que la hacía de pared. Lo más curioso fue ver, frente a mí, el rostro triste y estoico de Santa Rosa de Lima en un almanaque. Su mirada arrojaba una pena enorme sobre mí. Giré mi cuello, miré a la meretriz ¡su mirada era la misma! Se quitó las prendas íntimas al instante y me azuzó a que me saque presto el pantalón. Luego se arrodilló frente a mí, a la misma altura que Santa Rosa, y me puso el preservativo.
-Pero todavía está chiquito-le dije.
-Ya se va a parar-respondió indiferente.

Estuve confundido. Todo era tan mecánico libre de pasiones. No esperaba eso. De pequeño solía leer en los clasificados las afirmaciones contundentes de las prostitutas sobre sus dotes cariñosas, pero ésta…ni de coña. Ni un arrumaco, ni una lamida tierna de pene. Se puso sobre mí, para calentar a mi mejor amigo, pero Demetrio no reaccionó. Se asustó. Tenía miedo. Miedo a una puta y no a una mujer. Esa chica perdida, triste y de mirada cautiva fue capaz de humillarlo con su mirada fría e indiferente.
-Concéntrate-me reprendió.

Me sentí el hombre más feo del mundo. Descubrí que a la puta no le llamaba la atención. Para ella yo era uno más, un parroquiano cualquiera. No me vio como quise que me viera. Como un cliente joven, guapo, de buen porte y talla, quizá un desestrés para ella entre tanto tío feo y apolillado. Eso a ella no le importaba, yo sólo era cualquier estúpido tío al que no se le paraba. Finalmente, aburrida se echó de costado sobre la cama mientras ensortijaba con sus dedos su cabello. Me dejó ver su figura casi perfecta,  como lo había visto alguna vez en una porno.
-Córretelo para que se levante, ya han pasado más cinco minutos.
Y lo  hice con extrema preocupación. Invocaba a los dioses para que se yerga el idiota de Demetrio. Pero él pendejo estaba jato… frío, gélido, al igual que todo mi cuerpo. Sólo era mi mano la que marcaba el ritmo de la estridente música que venía de fuera, mas no de la ayuntamiento nulo de nuestros cuerpos. Volví mi Rostro a doña Rosa, y ésta parecía tenerme lástima… a mí y a Demetrio. Él nunca se levantó. Triste, débil y desganado acaricié ligeramente sus pezones ¡eran idénticos a los de Anita!
-Ya pasaron diez minutos, ya te tienes que ir.

-Está bien,-di un suspiro- me cambiaré. Pero, por favor, dame un toque para vestirme, no me botes rápido. Disculpa por hacerte perder el tiempo.
Su mirada miserable asintió con desidia. Salí del cuarto presuroso, cuando volteé a verla por última vez, otro típo ya había entrado.
-Esta pendeja es cotizada-pensé-, por eso se la pega.
***
Habían pasado dos días desde que terminamos. Aparentemente estaba de viaje. Eso le dije, pero me la pasaba caminando por calles que nunca  había pisado. Como las prolongaciones Alfonso Ugarte y Espinar, otras veces me entretuve por las convergencias de Bolognesi y Sáenz Peña, pero más me “entusiasmaba” un viejo y solitario Barrio 1. Perfecto para mí. Sentado en el trompo despedazado al igual que mis cojonudos sentimientos, emergía una que otra lágrima estúpida, desconocida para mí. Me preguntaba como un ser tan racional como yo podía sentir tanta angustia por una relación que debía terminar. Me odiaba por unos instantes, al saber que la estaba haciendo de maricón. Las lágrimas seguían cayendo mientras mi rostro y cuerpos inamovibles, giraban entonando los rechines oxidados del trompo en el que alguna vez de niño soltaba las más jocosas carcajadas.
***
En esos tres meses de relación, el zamarro de Mario, cada dos horas mandaba un misio al celular de Anita. La situación se tornó incómoda. Si estaba en el cine, sonaba el celular; si estaba almorzando, sonaba el celular; a la sazón de un beso apasionado, sonaba el puto celular; y más aún, cuando solíamos actuar como conejos en apareamiento, también gritaba el pendenciero celular. Pero qué bellaco para más espeso. Llegué a imaginar que el timbre del móvil era la voz quejumbrosa de Mario. Quería joder a toda costa nuestra relación. Es por eso que al terminar, toda mi atención se posó en Mario. Quizá no dudaba de ella, sino de lo que él era capaz de hacer, o también dudaba de Anita, de sus pensamientos lascivos; o dudaba de ambos…no estaba seguro.
-Si fue tan fácil conmigo, ¿por qué no con Mario?
***
Después de salir de la Casa Rosada, me di cuenta que fracasaba mi intento de copular con cualquier otra mujer que no sea Anita, así sea una puta. Al parecer mi cuerpo sólo apetecía el cuerpo de Anita. Seguía caminando con la mierda sobre mi cabeza, pero ya no sobre un burdel, sino sobre toda la extensión del Malecón. Mis ojos de rato en rato botaban alguna que otra afeminada lágrima, detestada por mí, y por eso expulsada con violencia. Daba suspiros incomprendidos, y a menudo me preguntaba si había la posibilidad de regresar con Anita.
No voy a negar que cada chica que pasaba se me pareciera a Anita. Al ver a las Anitas de lejos, mi corazón galopaba y la fuerza de mi cuerpo me empujaba a acercarme a escondidas, y al aproximarme más, siempre resultaba siendo una percepción equivoca.  La razón por la que le mentí a Anita al decirle que no estaba en Chimbote era porque deseaba encontrarla con Mario para encararla. Por eso, cuando me parecía ver a una Anita sola por las calles, mi espíritu se alegraba; pero cuando me parecía ver a una acompañaba, me irritaba…me estaba volviendo loco…y la demencia tocaba sus picos más álgidos con cada Anita aparejada que veía. Luego ya no me alegraba con cada Anita sola al pasar, sólo quería decirle que era una perra y que la había descubierto, sin siquiera haberla visto.
Ya casi al caer el sol, se me irritaron las vistas por tantas lágrimas cabronas, todo era borroso, ya nada entendía. Al subir un puente mirador del Malecón atisbé grada por grada el dibujar de una pareja apasionada. Me complací por unos instantes, pues recordé las veces en que describía mi amor por las calles con Anita. De pronto, mi júbilo se quebró y rompió, para dar espacio a las lágrimas más extensas y abultadas que podía emerger de cualquier otro individuo que haya visto. El que busca encuentra…y la pareja fue lo que busqué imaginariamente en todo el día. El destino había complacido mis deseos.
-Hola amigos- me atreví a decir impostando amistad e indiferencia.
-Lu..lucho Poncho-respondió Anita-¿ya regresaste de Lima?
-Ja, ja, será que nunca viajé-mis ojos pequeñitos se hicieron grandes…algo en mi semblante empezó a cambiar.

***
Había sido descubierta, el haberme dejado llevar por el momento, había contrariado la situación. Sólo quería relajarme por unos instantes con Mario, darle otro respiro a mi vida. Alimentarme de nuevas energías. Casi siempre sucede lo mismo conmigo. Luis Alonso ya no cumplía mis caprichos, ya no era como quería que fuese. Antes no era celoso, ahora lo era tanto o más que yo. Antes era un hombre misterioso, lo que acrecentaba su galantería, ahora lo conocía demasiado, porque quizá yo lo inducía a eso, ya que de no hacerlo me molestaba con él, y él era complaciente, eso me jodía más. No sé qué sucede conmigo, siempre suelo ser así, al final de cuentas, todo me cansa, aburre y estresa. Creo que no sirvo para las relaciones, o quizá no he encontrado a ese que me ponga en mi lugar. Por ahora terminé con Luis Alonso, a voltear la página y a buscar una nueva vida.
-Luis Alonso, te recuerdo que terminamos.
-Me parece que nos dimos un tiempo-replicó Luis Alonso.
-¿Y no es casi lo mismo?
-Para lo que tenías gracia maldita perra, maquinaria frívola dominadora de hombres. Eres una arpía.
-Patán.
-Oe, oe Luis Alonso, yo no estoy pintado –intervino Mario-, mira tío, yo le he sacado la misma a dos policías que una vez quisieron joder a mi hermana. Es decir yo sé pelear, manyas. Y así seas alto y de porte, tú eres sano y yo tengo calle…

***
Las palabras de Mario me parecieron las más imbéciles de todos los tiempos. Qué me querría decir con esa cojudez de los policías, ¿que pese a su contextura delgada se podría deshacer conmigo con facilidad?
-Luis Alonso, yo sé que a ti no te gusta pelear, lo sé muy bien, pero yo me desconozco, como te digo, yo ya he peleado con dos policías, así que respeta a Anita y no seas maricón.
Decidí no prestarle atención a Mario, y dejarle hablar sobre su repertorio de matatombos. Me postré frente a Anita, petrificado, con la peor mirada de odio que pude haber lanzado en mi vida. Mi mente se nubló y quedé a la espera de lo que me podría regalar el destino en ese momento.
-Luis Alonso, lo que pasó entre Anita y tú, ya es parte del pasado…
-Así, fíjate que lo que va a pasar ahora, dentro de poco también será parte del pasado y asunto arreglado, no es así mi amor. MI vida, ya no eres mía, ahora te entregarás a otro no es cierto, por eso no me dabas la cara, picarona. Eres una pendejita.

Mario me cogió del cuello, me regaló un duro golpe en el estómago; y de un solo puñete en la cara me hizo ver el rostro de Santa Rosa de Lima, a la chica triste del prosíbulo y la expresión calculadora de Anita. La sombra se había apoderado de lo que podía apreciar de la realidad externa. Creía caer y morir, pero seguía parado. De pronto mi mirada se fijó en un grafitti pequeño sobre la pared -entre tantos otros que habían-, éste decía: Sakale la mierda cozhasumare. De un solo giro, apreté con ambos brazos a Mario por la cintura y embestí con tanta fuerza hasta hacerle caer por las escaleras. La perra empezó a gritar. Pero qué golfa, me dije, no había gritado cuando me estaban dando duro, pero grita ahora por su nuevo marido. Al escucharla, el odio se desbordó de mi alma, dejé de lado a Mario, nunca me interesó él, él sólo era un tercero… me dirigí a Anita y consumí todos mis golpes hasta hacerla callar mientras se ocultaba el sol.
Le demostré muchas cosas, de eso puedo estar contento. Le demostré que no era gay, le demostré que le podía hacer el amor, le demostré que conmigo podía descubrir su primer orgasmo. Le demostré que yo no era un estúpido más a quien pudiese pisar la cabeza. Le demostré que la podía dejar moribunda, no sólo de sexo, sino también a golpes. Fui feliz y fui triste. Gracias Anita.

FIN
________________________


Imagen 1: El día que Zeus y Perfefoné inventaron el mito - Donato Grima

7 comentarios:

  1. Seguro jugaba a doble intención.
    Pero lo mejor de todo es que se aprende con las experiencias de la vida.
    Y Anita se llamaba. ??
    Tacha F.P.

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  2. OK LUEGO TE COMENTARE... VOY POR LA MITAD...// YA K NO HICISTE NADA...:S MANCO

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  3. MI ESTIMADO JUAN ANTONIO, TE FELICITO X ESTA HISTORIA Q DESDE LA PRIMERA PARTE M TUVO PRENDIDA !!! Y ESPERANDO SIEMPRE EL SIGUIENTE CAPITULO, MUY BUENO !!!! ...DICEN Q TODO PASA, DICEN Q DIOS SABE LO Q HACE...PERO A VER SI ESAS PALABRAS SIRVEN CUANDO UNO ESTA HECHO M...DA ... PERO LA VIDA CONTINUA Y NOS DEPARA MUCHAS COSAS AUN ... UN ABRAZO AMIGO !

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  4. Ahora sé porque el título ess "la demostración" jajajajaja


    Muy buen final. y muy buena historia.
    Saludos desde Zarate - SJL - lima - Peru

    Jean Carlos

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  5. ...de nada, fue un placer!

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  6. Felicitaciones TUKUYRICUY, excelente y a la vez muy excitante saga, no sólo para los que tienen la suerte o desdicha de tener pareja o estar tan solos, ya que, en ciertas ocasiones y circunstancias, el amor y el sexo de uno o de a dos, suele ser lo mismo: AMOR

    Un abrazo y éxitos.
    Giancarlo R. M.
    Chimbote

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  7. sinceramente esperaba un desenlace con muerte y todo pero la frase final : dejarla moribunda no solo de sexo sino tambien de golpes, hizo que valiera la pena que nadie muriera.

    grande tucuy

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