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sábado, 21 de diciembre de 2013

La Miseria de Altamar




Por Juan Antonio Alvarez Gavidia

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Hasta ahora sigo sorprendido por el silencio cómplice de la prensa, que ha dejado de lado una noticia tan espantosa. Lo único que destacaron los diarios locales y nacionales en sus portadas, fue el incendio que desapareció por completo esa invasión miserable llamada Altamar y también a todos sus habitantes. Sólo un diario de la ciudad de poco tiraje hizo una pequeña nota sobre el hallazgo de un cuerpo amorfo incinerado que apareció entre las cenizas. Esa es la verdadera causa de esta y más desgracias que no se han revelado. Ya no puedo seguir en silencio. Es hora de dar a conocer la aterradora verdad.

Todo comenzó cuando un amigo que dirige una revista local, me encargó la tarea de escribir una historia truculenta de los lugares más sórdidos de Chimbote. Para mi cometido empecé por frecuentar los bares de mala muerte que se ubicaban desde Miraflores Bajo hasta La Libertad. No iba ser sencillo adentrarme en esos sitios, pues mi aspecto no encajaba con los de esa gente; sin embargo la aventura me pareció emocionante. Para mi propósito escogí el bar “La Tropicana”. De todos los que habían en la zona era el más pintoresco y de mayor concurrencia. Una vez dentro, el lugar se hallaba atestado de parroquianos, la mayoría de aspecto fiero. Las mesas todas repletas de cerveza, tenían al menos una mujer que hacía compañía. Crucé nervioso hasta llegar a la barra, sintiendo que varias miradas se clavaban sobre mí. Pedí dos cervezas y el tipo que atendía me señaló una mesa libre para acomodarme. “¿Habrá alguna chica disponible?”. Necesitaba hablar con alguien que me brindara información sobre aquél mundo turbulento. “Ahora se la mando”. Mi pedido llegó junto con el licor. Una jovencita de tacones negros y una mini del mismo color que combinaba con un top blanco ceñido al cuerpo apareció frente a mí con el rostro pintarrajeado. No era de mi gusto, pero tampoco estaba mal. Se sentó a mi lado e hizo un saludo coqueto. Luego de un breve intercambio de palabras le pregunté si sabía algo sobre las cosas terribles que andaban sucediendo cerca. Fue una pregunta lanzada al aire sólo para sonsacar algo de información del mundillo de los bares, pues yo en ese momento desconocía lo que ocurría en los alrededores. Mi misión en La Tropicana, al principio, era otra. La mujer se tomó un trago y empezó a desparramarse en palabras.



2
No sé a qué te refieres, muchas cosas andan sucediendo cerca. ¿Te refieres a los niños? ¿Y cómo lo sabes? No me creo eso de que lo escuchaste por ahí. Ya presenté mi denuncia en la comisaría, pero no les importa. ¿Cómo has dado conmigo? Se nota que tú no eres de este ambiente. Alguien te debe haber mandado a mí ¿Casualidad? Yo no creo en las casualidades. Ambos niños eran mis amigos. Pero a uno conocía más; se llamaba Juanito y me vendía caramelos cuando salía de aquí. Era un niño lindo, me encariñe con él, y de pronto no supe más. Pensé que se había mudado, o sus padres lo habían castigado. Pasaron un par de meses y una amiga del trabajo me comentó que el niño lustrabotas que todas las tardes sin falta le limpiaba los botines, de pronto ya no apareció más. Le conté lo mismo, y nos pareció curioso saber que ambos vivían en Altamar, una invasión frente al mar, de casas humildes hechas con esteras y plásticos, rodeada por desmonte, basura y quien sabe qué cosas más. Nunca supimos si los pequeños tenían padres, tampoco sus apellidos. Fui a dar parte a la policía por sus desapariciones, pero nunca se llegó a saber algo. No se puede hacer mucho por las personas de ese lugar, ellos viven en la miseria.

Mi compañera de trabajo dice que no debo preocuparme, que soy una alarmista… Pero todo esto es raro… Hace unos días pasé por Altamar y no he visto a ningún niño. Sé que puede decir que los niños no tienen por qué estar fuera de sus casas, pero a ese lugar ya había ido antes con unas amigas, cuando acabábamos de llegar a Chimbote en busca de trabajo. Recuerdo que esa vez vi a varios mocosos jugando en medio de la basura, y a otros corriendo por la orilla del mar. Los recuerdo bien, por eso me sorprendí al ver las calles vacías. He ido otras veces, y no he vuelto a ver niños. Creo que se los llevan, los venden, o quizá trafican sus órganos, pero a nadie le importa.

La historia que me contó la mujer me dejó fascinado. Sentí que tenía entre manos un gran misterio que debía resolver. ¿Qué harás ahora que lo sabes?, me preguntó luego de tomarse un vaso lleno de cerveza. “Por lo pronto debo ir a casa, pero mañana es seguro que haré algo”. “Ten mucho cuidado”, fue lo último que me dijo. Salí del bar y no la volví a ver jamás.

3
La mañana siguiente me encaminé hacia el barrio mísero. Tomé un colectivo en el centro de la ciudad y bajé en unas de las tantas cuadras de Meiggs, para caminar luego en dirección al mar. ¿Esto será Altamar? Frente a mí se elevaban grandes proporciones de desmonte cuya distribución parecían simular murallas destruidas. Sorteé los montículos cubiertos de basura y objetos inservibles, regados como si se tratase de un cementerio de electrodomésticos, ropa y enseres. Cuando estuve en la cima aprecié las primeras casuchas de esteras. La brisa del mar se expandía por todo el lugar. Había un sol brillante que abrigaba el día y un silencio que brotaba desde las rancherías. El panorama era mucho más decadente abajo, en el corazón de Altamar. Un pedazo de triplay colgado en uno de los postes de alumbrado eléctrico, que el viento balanceaba, tenía escrito en mayúsculas el nombre del lugar. Sin duda que algo estaba ocurriendo allí. Empujado por mi instinto aventurero toqué la puerta de uno de los ranchos. Al rato, el delgado trozo de madera se abrió apenas y apareció una mujer de unos cuarenta años, con el rostro ennegrecido y los cabellos sucios. Me quedó mirando petrificada sin pronunciar una sola palabra. Le pregunte si sabía algo de un par de niños que habían desaparecido en las últimas semanas y me hizo una negativa con la cabeza, luego cerró la puerta de golpe.

“Algo realmente macabro está ocurriendo aquí”, pensé en voz alta. La historia de la mujer del bar parecía ser cierta. Toqué una puerta más, esta vez un hombre vetusto abrió. “No jodas con esas cosas”, respondió alterado. El miedo parecía haberse instalado en Altamar. Quise ir a otro rancho, pero a lo lejos vi que alguien me hacía señas. Era un tipo que por las fachas tenía pinta de loco. Quizás era un ladrón que buscaba distraerme hasta que aparecieran sus compinches. Miré alrededor y no había nadie. El harapiento insistía. Decidí jugármela y fui a su encuentro. Cuando traté de alcanzarlo empezó a avanzar a paso raudo y con el pie cojeando. Me di cuenta entonces que su intención era llevarme fuera de Altamar.

Cuando al fin se detuvo me habló de una forma tan elocuente que descarté fuese un loco. Su aspecto era estrambótico. Llevaba encima de los zapatos un par de bolsas oscuras amarradas con cuerdas; además una soga y una cadena le cruzaban la espalda. Su cabello cubría gran parte de su rostro y algunas hebras se paseaban por los lentes oscuros de soldador que traía puestos.

Qué te trae por acá muchacho, qué tanto andas preguntando, este barrio no es apto para encuestas universitarias ni de ningún tipo. Debes irte si no quieres llevarte una mala impresión de la zona. No te das cuenta que te pueden asaltar, quitar tus cosas; enhorabuena te he alertado. Anda a tu casa y ya no vuelvas por acá.

¿No estás haciendo encuestas? Entonces…veo que sabes de los niños desaparecidos ¿Cuántos más lo saben? ¿Sólo tú? Dime la verdad.

El hombre parecía conocer a la perfección lo que estaba ocurriendo y era evidente que trataba de ahuyentarme del lugar. ¿Cómo te llamas?, me preguntó alterado. Le di un nombre falso. En ese momento temía por mi vida, total yo no sabía nada de ese tipo, tampoco de lo que estaba pasando con los niños. “Quizás sea él quien desaparece a los pequeños”. Una vez más me pidió que dejara el lugar; ahora ya no hablaba tan calmado. “Vete ahora mismo si no quieres…..”. Al verlo así di unos pasos hacia atrás y ubiqué con la mirada una piedra en el suelo. Él debió notarlo porque también retrocedió e hizo el amago de soltarse la cadena. “Veo que tienes agallas muchacho. Si tanto quieres saber qué está ocurriendo te lo diré, pero nada podrás hacer para evitarlo. Nadie podrá”. El hombre era un reciclador que vivía por Miramar, pero le gustaba la zona por la riqueza de la basura y solía frecuentarla con tranquilidad hasta que hace unos seis meses la tierra se movió, como decía él, de una forma demoniaca. Recordé que por esas épocas hubo un movimiento sísmico de intensidad regular, de unos 5 grados, que los especialistas atribuyeron a un movimiento de placas en el fondo oceánico. “Desde el día del temblor, la vida humana corre peligro. Ya no falta mucho para que Chimbote le rinda culto al demonio de los mares”.

¿Estará realmente loco este sujeto? Me hablaba de un demonio que salió del mar mientras él dormía entre la basura por la noche. Eso no podía ser cierto. “Pensé que era uno de los tantos borrachos que andan por aquí porque caminaba extraño, pero al pasar cerca de mí noté que tenía una enorme joroba y un rostro de pez, como el del tramboyo. A su paso iba dejando una baba que le escurría de la piel cada vez que chapoteaba”. El hambre, el sol, la soledad, debían haberlo conducido a la locura. “No te distraigas muchacho. Me gusta que estén atentos cuando hablo…. Este ser extraño entró esa noche a uno de los ranchos de Altamar. Yo lo seguí, tratando de que él no se diera cuenta. Aunque me cagaba de miedo no iba a perderme tremendo espectáculo. No pasaron ni dos minutos y el monstruo salió de la casa. Antes se habían oído gritos de espanto. Lo vi atravesar la puerta con un costal en la espalda. El bulto no estaba quieto, lo que iba dentro debía estar vivo aún. ¡Carajo era demasiado grande para ser un perro u otro animal! Tenía que ser un niño. ¡Por la puta madre era un niño! El ser repugnante avanzó hacia el mar y se introdujo en el océano con el costal. Luego corrí hacia la casa para ver si había matado a los padres del pequeño, pero allí estaban ellos extasiados, delirantes, como si acabaran de recibir una gran noticia. ¿Acaso no vieron lo que acaba de llevarse ese monstruo? Nadie respondió. La mirada se le enfureció a la pareja y tomaron palos de escoba para botarme. Tuve que correr. En ese momento no entendía nada. Quizás yo me estaba imaginando a ese ser. Pero esa noche no había bebido mi chata de ron. Estaba lúcido. ¿Qué pasa entonces? La respuesta llegó pronto. Mientras corría tropecé con una caja que al voltearse destapó la mísera verdad. Varios objetos de oro quedaron regados por el suelo. Los desgraciados habían cambiado a su hijo por oro. ¡Sabe lo que hice con esos malnacidos! ¡Los maté! Sí, los maté… Salí a la calle y traje una enorme piedra con la que les reventé el cráneo. Pensé rápido en lo que debía hacer con los cadáveres. No tenía otra opción que desaparecerlos para que no descubrieran el crimen. Estaba seguro que nadie iba a creerme lo del monstruo del mar. Dirían que los maté por el oro e iría a parar a la cárcel. Esa noche trabajé mucho. Despedacé los cuerpos en veinte partes y empaqué cada uno de los trozos, luego los arrojé en diferentes desmontes de basura. Tenía que desaparecer los restos por completo, así que les prendí fuego junto con los desechos. Al hacerlo sentí un gozo enfermizo. Pero qué mierda, estaba haciendo justicia. ¿El oro? Tenía que desaparecerlo también. Si lo arrojaba al mar esa bestia sospecharía y tal vez saldría a buscarme, así que decidí esconderlo. El demonio debe pensar que la familia se fugó con la recompensa muy lejos, porque hasta ahora sigo con vida.

¡Era una atrocidad lo que había escuchado! Tenía frente a mí a un desquiciado maniático que acababa de confesarme sus horrendos crímenes. Seguro que sus manos debían estar manchadas con sangre de más personas. La historia del monstruo no era más que una coartada para no ser descubierto. “Me ha convencido de abandonar este lugar”, le dije buscando una salida para huir. “Es lo mejor muchacho, así nadie te jode”. Antes de salir de Altamar le dije que la historia que acababa de contarme sería un secreto entre ambos. Llegué incluso a jurárselo. “Por la mañana iré a la policía a denunciar a este loco”, pensé mientras a trote lento me iba alejando del lugar.

El día siguiente, mientras caminaba por la avenida Aviación en dirección a la comisaría del 21 de Abril, decidido a denunciar al loco de Altamar, alguien me sujetó del brazo con vehemencia. ¡Era él! No sé realmente como dio conmigo, pero lo hizo. ¡Ellos están trabajando para los demonios, están trabajando para los demonios!, me habló ofuscado sin dejar de apretar mi brazo. A diferencia del día anterior, ahora traía los ojos henchidos de desesperación. Traté de librarme y salir corriendo, pero al notar mi esfuerzo me sujetó más fuerte. “Eres un pendejo incrédulo. No me crees ¿verdad? Ya lo imaginaba, por eso te seguí hasta tu casa, para evitar que cometieras un error. Mira, mira…este es el oro ¿Me crees ahora?”. Varias joyas hermosamente labradas en alto relieve se lucían en sus manos. Se apreciaban seres extraños, encorvados con rasgos marinos, muy similares a la descripción del monstruo que me había descrito la noche anterior. ¿Qué estaba pasando? Acaso podía ser cierta toda esa fantástica historia del ser marino que se roba a los niños. Y si este hombre encontró las joyas en alguna huaca de la periferia; se sabe que nuestros antepasados incas tenían un vínculo muy fuerte con el mar. Por su aspecto cualquiera podría asegurar que es un desquiciado. Sí, eso es. Este sujeto no va a conseguir engañarme. Él es el asesino. Un enfermo que lo único que pretende es cerciorarse que no lo denunciaré a la policía. Debo escapar.

Aproveché un momento de descuido y conseguí librarme. Tomé una de las joyas y corrí rumbo hacia la zona del 21 de abril. Sabía que el tipo conocía mi casa y andaría detrás de mí para silenciarme. Cada cierto rato volteaba a mirar si no estaba persiguiéndome. La comisaría estaba a unas cinco cuadras. Debía ir rápido.

No tardé mucho en llegar al centro policial. Ahora sólo tenía que ingresar y contar todo lo que sabía. Antes de seguir avanzando saqué la joya y la coloqué en mi mano. La figura labrada adquirió un brilló intenso y me pareció verla desprenderse. ¡Por Dios, esta cosa está viva! La guardé de nuevo y evité la comisaría para seguir por la ruta que lleva a la urbanización el Carmen. “Quizás estoy cometiendo un error. El loco puede estar diciendo la verdad. ¿Pero cómo saberlo? Tengo que volver a Altamar. Debo hablar con él”. Tenía el día por delante para desenmarañar la duda. Debía pensar bien cada siguiente paso, pues mi vida podría correr peligro al tratar de acercarme a un asesino.

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Retorné a casa creyendo que el loco me estaba esperando para recuperar su oro, pero un silencio sepulcral invadía mi lar. Tomé mi mochila, metí en ella una linterna, un cuchillo, unos panes y salí rumbo a Altamar. Luego de buscarlo en todos los rincones de las rancherías terminé rendido en un montículo de piedras. Allí lo esperé hasta que la tarde fue durmiéndose. Altamar lucía más silencioso que antes. Los panes menguaron mi hambre mientras contemplaba el vaivén de las olas. Justo cuando preparaba la retirada una soga rodeó mi cuello y me apretó hasta dejarme inconsciente. Al despertar tenía frente a mí una gran cantidad de oro que brillaba con la luz de una linterna. Mis manos estaban atadas y una mordaza no permitía que hablara. El lugar parecía ser una covacha. “Esta debe ser la guarida del loco”, pensé. ¿Qué sigue ahora? ¿Acaso pensará descuartizarme? “Ya despertaste muchacho”. Era su voz. “No voy a matarte si es lo que piensas. Tuve que hacer esto para que me creyeras. Hoy en la mañana fui a buscarte porque necesito de tu ayuda. Ya viste el oro. Ahora sabes que es cierto lo que te digo. He tenido que aniquilar a diez familias que le vendieron sus hijos a esa aberración marina. Ahora la situación ha cambiado. En Altamar ya no hay más niños. ¿Sabes qué hacen estos malnacidos? Secuestran niños de otros barrios… Hoy en la mañana una madre limosnera que duerme en las calles de Miramar ha perdido a uno de sus hijos, la he visto llorando, pero todos la ignoran. Qué crees que ha pasado; imagino que lo puedes deducir. Por eso te he traído, para que seas testigo de todo lo que ocurre y puedas ayudarme.

A pesar de encontrarme prisionero mantuve la calma. No quería demostrarle mi temor al loco. Además después de ver el oro le daba algo de crédito a su versión. Si todo era como él decía, luego de mostrarme aquél anómalo ser, me dejaría en libertad para ayudarlo. Aunque claro, eso ya dependía de mí, porque bien podría echarme a correr hacia la comisaria a denunciarlo. Lo único que temía era que me asesinara antes de que pudiera escapar. Ese hombre era impredecible.

Debí esperar un largo rato hasta que por fin el demente apareció con una linterna en la mano. “Llegó la hora”, dijo y me arrastró hasta unos montículos de basura. Olía a mierda. Traté de zafarme, pero fue inútil. “Presta atención al mar. Ya casi va a ser la hora”. El sujeto tenía un reloj en el brazo izquierdo. Lo miró por varios minutos, como quien espera el momento justo para un gran acontecimiento. “Las dos”, me indicó. En el mar la basura se movía de un lado a otro. De pronto el viento sopló más fuerte. Los desechos bailaron en al agua con más intensidad. ¡Allí está! Susurró con demencia. Fijé mi vista en la silueta que emergía del océano. Parecía ser un buzo, tenía un caminar extraño, avanzaba arrastrando los pies; la luz no era tan clara pero pude notar que tenía joroba, tal y como lo había descrito el loco asesino. Lo vi pasar a unos cinco metros, y aprecié sus escamas. Su rostro era indescifrable. El extraño ser ingresó a una casa con un costal vacío y al rato salió cargando el saco lleno, con un bulto que se movía al interior, dirigiéndose al mar para sumergirse.

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¡La historia del monstro que salía del mar para llevarse a los niños era cierta! Aunque no creía que se tratase de un demonio, aquél ser era horrendo. Verlo me produjo escalofríos. ¡Ahora me crees! El demente me liberó y luego fue a la casa de donde el monstruo había salido. Después de unos minutos retornó con la cabeza de una mujer; era la misma persona que me abrió su puerta cuando por primera vez llegué a Altamar. No pude contener el asco y vomité.

“¡Debemos acabar con esa bestia! De lo contrario pronto no quedarán niños en la ciudad. ¿Vas a ayudarme?” Yo había quedado absorto y asentí con un ligero movimiento de cabeza. Aunque el tipo resultara ser un asesino, sus crímenes encontraban cierta justificación moral. Lo que importaba en ese momento era terminar con la bestia marina. La noche siguiente nos encontramos en el mismo lugar cerca de las once. Mi mochila estaba repleta de armas de corte, además llevé un par de galones de gasolina para incendiar Altamar. Tendríamos que actuar rápido. El loco había preparado una lanza. “Con esto le partiré el pecho a ese monstruo”. Aguardamos la aparición del extraño ser en silencio, agazapados detrás de un gran montículo de tierra. Hasta que por fin apareció. Recorrió la arena y se adentró en una vivienda. El loco corrió rápido y bloqueó la puerta con un palo y dos piedras enormes. Me apresuré en regar el combustible alrededor de la choza y le prendí fuego con mi encendedor. En sólo unos segundos las llamas se hicieron enormes. Desde adentro se oían gritos de espanto. La puerta era forcejeada pero no se abrió. Por uno de los lados débiles de la casa el ser marino consiguió salir llevándose al niño en manos. “Ahora morirás”. El loco salió a su alcance y le atravesó el cuerpo con su lanza. Un grito de dolor retumbó en todo el lugar. El niño cayó en la tierra y me apresuré a ir con él para apagar el fuego que estaba calcinándolo, pero fue inútil tratar de salvarle la vida. A unos metros se dio inicio a una batalla descomunal. Hombre y bestia se enfrentaban rodeados por una llamarada que rápidamente alcanzó las rancherías. La gente trataba de huir pero quedaba atrapada entre palos, carrizo y esteras, vencidos por el humo asfixiante. “¡Muchacho acaba con él antes que el fuego nos calcine!”. Desde mi posición arrojé una piedra, pero no alcancé a darle, entonces corrí hasta mi mochila y saqué un machete. “¡Córtale la cabeza! ¡Hazlo! ¡Hazlo!”. En ese instante pude ver el rostro de la bestia. Era horrendo. Tenía una boca de batracio que balbuceaba. Me clavó la mirada. Sus ojos parecían saltarse de los pómulos. No era una máscara. Ese ser era real. Por varios segundos quedé atrapado en esa abominación verdusca. ¡Puta madre ya mátalo! Apreté el arma y se la clavé en el cuello. Un líquido viscoso brotó de sus venas. El loco se soltó al fin y fue por la gasolina para prenderle fuego a la bestia, pero esta se reincorporó rápido y caminó hacia el mar. ¡Detenlo! ¡Que no escape! No pude hacerlo. El loco tuvo que ir tras él y sujetarlo para impedir que entrara al agua. Antes de pedirme que le prendiera fuego junto a la bestia me miró con esos ojos desquiciados de cuando me contó sus horrendos crímenes. ¡Hazlo por los niños! ¡Por el futuro! ¡Préndenos! Regué el combustible y los prendí. El fuego convirtió los cuerpos en dos bloques negros, inertes. Sin fuerzas, sofocado por el calor y la humareda, me desvanecí.

Cuando la policía llegó al lugar, Altamar había desaparecido junto con sus habitantes, el loco y la bestia marina. Yo continuaba en estado de shock. Llovieron las preguntas, pero no podía hilvanar mis ideas para aclarar lo ocurrido. El horrible ser estaba carbonizado a un costado de la playa. Los representantes del Ministerio del Interior hacían fotografías. Llegó una ambulancia y fui evacuado al hospital. Desde entonces agentes de corporaciones internacionales me buscan para brindarles detalles de lo ocurrido y me piden sobre todo que guarde absoluta discreción. Me dicen que la información es clasificada; pero yo no creo poder guardar este secreto, sobre todo cuando en mis sueños veo a ese ser despreciable que, según los agentes, se alimenta de los niños.

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