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miércoles, 4 de marzo de 2015

Leyenda del ahogado de Chimbote

4 historias sobre el ahogado

Hey, tú. Sí, tú. Acércate muchacho, sin miedo, que un viejo como yo no te puede hacer mucho daño. Veo que andas preguntando sobre el ahogado. ¿Leyenda? Ja, ja. El ahogado no sólo es una estúpida leyenda. Los pescadores preferimos callar sobre estos temas porque se nos toma por ignorantes; y a decir verdad, muchos lo somos. Pero aún así, reservados. Sin embargo; te he observado y he visto que le has puesto ganas a lo que llamas leyenda. Muchas son las historias que se han contado sobre el ahogado, y muchos suelen pensar que son varias las almas que penan, víctimas de una misma muerte: el ahogamiento. Yo sin embargo, creo algo distinto: Para mí el ahogado es un espíritu eterno que viene cobrando víctimas desde tiempos inmemoriales. ¿Que cómo lo sé? no es algo que se sabe, es algo que se siente. ¿Si lo he visto?, ahora no hablaremos de eso. Pensarás que el mar me ha vuelto un viejo loco o que te quiero sorprender, pero a esta edad, a puertas del infierno, qué sentido tendría hacerlo. Bien muchacho ahora escucha con atención.


El ahogado en la bahía
Esta historia es de mediados del siglo XIX, cuando se formaba el puerto que conocemos hoy. Dentro la bahía chimbotana un padre y sus dos hijos salieron a pescar, como los peces de aquel entonces eran enormes decidieron internarse para sacar los robalos más grandes y despertar la admiración de sus vecinos. Al parecer la pesca fue tan buena que no advirtieron la caída del sol y el advenimiento de una hermosa pero macabra luna llena, que empezaba a inquietar las aguas. Al percatarse, el padre y sus hijos remaron de regreso tan rápido como pudieron pero la noche ya los había sorprendido a mitad de camino. “Pa´ mira, ¡qué es eso!.,”, dijo uno de los muchachos absorto. El padre exhausto apenas distinguió la presencia de una negrura extraordinaria, inamovible y antropomorfa, flotando sobre las aguas. Presa de un terror preternatural, remó con desenfreno. Remó y remó; sin embargo, no se alejaba de aquella figura terriblemente quieta, a la que gritó: el ahogado. La sombra impía rodeó al hijo con una velocidad casi imperceptible, para, luego, arrojarlo al mar. El padre conturbado trató de salvarlo, pero las aguas se volvieron tan decididamente demoniacas, que fue imposible un rescate en la inconmensurabilidad de la noche. No recordó lo que sucedió después, o parece que prefirió no recordarlo, porque cada vez que se le preguntaba era víctima en un horror catatónico. Ya no volvió a ser el mismo. Se le observaba hasta el final de sus días internado en la bahía en busca de su retoño al que constantemente le escuchaba gritar aquel estribillo frustrante, demoniaco, confuso y a veces impronunciable que perduró algunas generaciones más en el oído de los pescadores, y luego quedó en el olvido: “Augxigglioooo…funglun-funglun me ahojoooo…nishi…niar…muero…papá”.

El ahogado en altamar
Escapar del ahogado no es cosa fácil, pero tampoco imposible. Una vez un grupo de pescadores salió a trabajar en altamar durante varios meses. La lancha El Intruso nunca había tenido problemas, pero su historia en ese viaje se vio marcada por una desgracia en la primera noche de luna llena: la desaparición de uno de los tripulantes. Nadie supo cómo. Lo buscaron sin dar tregua; al menos el cadáver, por si había muerto de alguna enfermedad. Nunca hubo rastro. Se forzaron a creer que por accidente cayó al mar, porque lo que todos realmente imaginaban era latente; sólo bastaban dos palabras para romper el silencio de sus pensamientos. ¡El ahogado, es el ahogado, y recién empieza!, dijo uno al fin. Los pescadores aterrados rogaron arribar a sus hogares; sin embargo, el patrón de lancha no podía dar esa orden por algo que él consideraba una tonta creencia. Los tripulantes temerosos trataron de vencer al miedo concentrándose en el trabajo, rezando y llevando algún rosario en el cuello que les pueda servir para encarar la maldad de los mares. Al mes siguiente la luna llena hizo su nueva aparición sobre una densa niebla que bloqueó la visión de los pescadores. El silencio se hizo intenso y las aguas se tornaron quietas, el mar empezaba a cantar de una forma espeluznante, ¡porque el mar canta muchacho, eso lo sabemos todos en este oficio! Siempre suele ser una melodía que tranquiliza los corazones; pero en esta ocasión, torturaba. La neblina lentamente se disipó, y fue cuando todos lo vieron, o creyeron verlo a causa de la histeria colectiva, incluso el patrón de lancha: una silueta negra e inmutable se hallaba sobre el mar. La quietud del mar se transformó en caos, y en medio del caos reposaba aquella maligna silueta negra. Más fue la agonía de los pescadores cuando esta silueta humana se acercó en línea recta y sin dejar rastro de movimiento alguno. Muchos tripulantes sucumbieron al hechizo; quedaron sordomudos, pues trataban de oír y no oían, trataban de gritar y no se les escuchaba; habían empezado a consumirse y se les veía adelgazar aceleradamente. En ese instante, un pescador, que por azares del destino o por no querer morir presa de una maldad de otro mundo, se tiró al mar y rompió el hechizo. En el agua exhortó a sus compañeros con señas a hacer lo mismo. Era lo más paradójico, lanzarse al mar, para salvar sus vidas del ahogado. Pero entendieron que el ahogado pierde sus poderes dentro del mar porque fue ahí donde vio la muerte en tiempos remotos.

Pero no cualquiera ni en cualquier circunstancia se puede romper el hechizo. Antes de arrojarse al mar es indispensable saber nadar sino la muerte es asegurada porque tras la aparición del Ahogado las aguas se embravecen. Ni tampoco te puedes arrojar al mar cuando estás rodeado de peñas pues simplemente el Ahogado te despedaza.

El ahogado en El Dorado
¿Quieres saber más del ahogado? No me digas que lo quieres enfrentar –risa burlona. Esto no es broma muchacho, pero está bien, a fin de cuentas sólo es una leyenda ¿no?- una risa enloquecedora se dejó escuchar en el ambiente del bar. En la playa el Dorado, cada noche de luna llena salía el Ahogado a asesinar a los pescadores que se encontraban en las peñas donde cordeleaban en solitario. El espíritu infernal los empujaba al vacío, y si no podía, los destrozaba por cuenta propia. A los pobres se los encontraba al día siguiente con el cuerpo destrozado entre los peñascos. Los hechos siempre se reportaban como accidentes aunque más de un pescador ya sabía lo que había pasado realmente. Una noche, doce pescadores luego de una ardua faena entre los peñascos, mandaron a uno de ellos recoger la red que habían dejado en una peña. Este hombre al acercarse solo vio una sombra sentada sobre la red, y supo de antemano que no era ninguno de sus compañeros; en ese instante corrió a la mar y se sumergió en él para salvar su vida de lo que parecía ser el ahogado. Sus amigos luego de haberle visto lanzarse a mar y correr hacia ellos despavorido le preguntaron qué había sucedido. Al saberlo se rieron de él, y no porque no creían, sino porque no era noche de luna llena. “No seas cojudo, Quispe. El ahogado sólo aparece en luna llena”. El pescador desconcertado se sentó a lado de sus compañeros quienes luego de unos minutos hicieron un círculo para comer. Debido a la negrura de la noche, se les distinguía sólo la silueta de sus cuerpos sobre la arena. Quispe, aún muerto del susto, contó las siluetas del círculo. Grande fue su sorpresa cuando contó trece personas. Nervioso le hizo saber a uno de sus compañeros; y efectivamente había trece siluetas oscuras. De un solo grito todos corrieron a sumergirse al mar. La silueta restante quedó aislada a la vista de todos, inmóvil, hizo el amago de querer acercarse desafiando a los pescadores, pero mientras se acercaba sólo desapareció.

¿Aún no estás satisfecho? Bien, yo creo que eres el indicado para saber más. Ya se me hizo tarde. Vente mañana, a la misma hora -el viejo dejó notar una sonrisa enloquecida de oreja a oreja.

El ahogado en Isla Blanca
Bien muchacho, llegaste puntual. Al menos pídeme una cerveza bien helada. No escatimes conmigo, ja, ja, ja. ¿Dónde nos quedamos? Ah, más historias, ¿no? Bien, esto es algo reciente, de hace poco en la Isla Blanca. Sí, acá al frente nomás. Así tranquila como la vez también ha sido escenario de agitaciones paranormales. Incluso muchos de los pescadores de por aquí te pueden hablar del ahogado de Isla Blanca, pero como ya te dije en un inicio, es el mismo. El mismo que ataca a todos.
Sí, había llegado esa noche maldita, y tres pescadores cordeleaban sobre una peña. Era una noche bastante tranquila; no obstante, era luna llena. Desde lo alto de la isla, en plena pesca, constantemente caían varias piedritas. El ahogado ya está jodiendo, decía uno. Sigamos nomás, somos tres, decía otro. Yo no creo en cojudeces, sólo es el viento, contradijo el más joven. De todas formas no hay nada que temer, sólo tira piedras, siempre lo hace, no hagamos caso, finalizó el más viejo. Las piedras pequeñas siguieron cayendo y cada vez con más fuerza; pero igual, no hicieron caso. En el transcurso de la noche el viejo se apartó para orinar entre una de las piedras donde recordó todo sobre el ahogado: las historias, las leyendas, y se sonría así mismo. Sin embargo; un hilo de temor le azotó. En el ambiente se suscitó un silencio inquietante desde donde se oyeron cosas. Sólo cosas, sonidos desconocidos, y se producían en silencio. Quizá la música silente del mar, aquella que conturba. No se escuchaba nada pero el viejo oía mucho. Luego entró en conmoción y escuchó un grito, o quizá al revés, no lo recuerda. Aquel estertor que venía desde donde estaban sus compañeros, lo hizo acudir tan rápido que olvidó de ajustarse los pantalones. Al llegar los encontró en un cuadro doloroso. Uno de ellos se quejaba en el mar despedazado y el otro, el más joven, trataba de ayudarlo aunque no podía por la inclemencia del mar. El viejo también quiso ayudar pero la frazada que llevaba en su cuerpo como abrigo le jalaba hacia atrás, quizá por la fuerza del viento. No vayas, gritó el viejo, también vas a morir, es el ahogado, el ahogado nos está torturando. El joven hizo oídos sordos, no podía soportar ver a su compañero morir de esa manera. En ese instante el viejo lo vio. Vio la silueta… negra e inalterable. Ella se había empezado a acercar hacia el joven lentamente mientras el pobre muchacho trataba de salvar en vano una vida desgraciada. El viejo no creía lo que veía, había escuchado sobre el ahogado pero nunca tuvo la desdicha de verlo, quizá las historias sólo las tomó como leyendas y nunca como una realidad. Entonces el viejo se acordó de algo, de algo que había escuchado en algunas “leyendas” y clamó: “funglun-funglun…nishi…niar” La sombra, a menos de un metro del joven, se detuvo y giró en dirección hacia el viejo. Ni el viejo sabe porque pronuncio esas palabras, las mencionó al azar con la esperanza de que algo sucediera y sucedió, y ahora iba tras él. El viejo huyó sorteando las piedras, alejándose en lo posible de las peñas y en general del mar, cosa difícil en una isla tan pequeña. El viejo era fuerte, sí, soportaba; a pesar que el viento lo revolcaba. Se deshizo de su frazada y esta voló por los aires en forma circular. El viejo se supuso enfermo, loco, pero no lo estaba, no era una alucinación, era real. La frazada giraba y giraba. El viejo ya había llegado a la cima de la isla desde donde pensaba estar a salvo o encarar al demonio en el peor de los casos. Mientras tanto, el joven, quien sólo logró salvar un compañero muerto, arrastró el cadáver entre lágrimas hasta la orilla de la isla; contuvo el llanto y elevó su mirada a la cima de la isla donde atisbó al viejo, a quien empezaba a tomar por loco, pues lo veía luchar al parecer contra un ser invisible. En uno de esos ajetreos lo vio descender frenéticamente arrastrándose entre las piedras y con el pantalón abajo. Al pisar el llano, con el cuerpo magullado, el viejo corrió tan torpe como pudo hacia el joven gritándole: el ahogado, el ahogado, corre hacia el mar, corre hacia el mar, sonso. El joven absorto, lo miraba incrédulo y con rabia. El ahogado, imbécil, entra al mar, volvió a gritar el viejo. Al no poder convencerlo trató de empujarlo al mar pero el joven se resistió. Estás tronado cojudo, que mierda tienes, nuestro compañero ha muerto y tú estás haciendo huevadas, ni siquiera me ayudaste a rescatarlo, respondió con ira, el muchacho. El viejo sin prestarle más atención de un chapuzón se sumergió en las aguas, desde donde observó como la neblina se había apoderado de la orilla, luego ésta se disipó dejando al descubierto a ese ser despreciable que tanto había mencionado. Lo que sucedió a continuación fue uno de los espectáculos más terribles que el viejo jamás pudo olvidar y por eso semanas después se pegó un tiro. El joven quedó paralizado frente a aquella sombra desde donde parecía verse el infinito…y ojos, muchos ojos… y otras cosas más que son imposibles de contar. El joven inmóvil, se consumía. El viejo conturbado volvió a pronunciar esas extrañas palabras. Lamentablemente fue demasiado tarde. El ahogado se marchó y frente a él no tuvo más que otro compañero muerto. Supo que nadie le iba a creer y por eso arrojó al muchacho hacia el mismo despeñadero en el que había muerto el anterior. Al día siguiente, reportó el accidente, y así quedó, como un accidente.
¿Que, qué pasó con ese viejo?, ¡ahhh, ese viejo! Pues ahora se le da por contar historias sobre el ahogado, en especial la última que acabas de escuchar.

Juan Antonio Alvarez Gavidia

Mitos y leyendas de Chimbote
Mitos y leyendas de Chimbote

2 comentarios:

  1. Estuvo interesante y entretenida las historias del ahogado , es un echo real en la vida de los pescadores , pero que las autoridades hacen caso omiso a estos acontecimientos que viven los pobladores que residen frente al mar, se que todos tienen sus propias experiencias , pero a nadie se les ocurre contar por no caer en ser confundidos con enajenados .

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  2. Ya no volvió a ser el mismo. Se le observaba hasta el final de sus días internado en la bahía en busca de su retoño....¡ahhh, ese viejo! Pues ahora se le da por contar historias sobre el ahogado, en especial la última que acabas de escuchar.

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