Un texto de Dan Ruíz Castillo
Los violadores del pantano
No hay registros documentales. Y los que tienen menos de 40 años ni se los imaginan. Sin embargo, los ancianos, a quienes muchas veces no prestamos atención, saben de ellos. Estas son dos historias construidas con pequeñas gotas de sangre: ‘Pichuzo’ y ‘Tarrata’, los monstruos del pantano.
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| Representación Tarrata y Pichuzo en acción. Ilustración: Juan Antonio Alvarez Gavidia |
Las personas que vivieron entre los años 1960 y 1970 recuerdan ese tiempo como una época de inocencia pero al mismo tiempo como el brote del crimen. Los niños y algunos jovencitos (varones y mujeres) se bañaban juntos, tal y como vinieron al mundo, en el cauce del río Lacramarca, en el pantano que asomaba en los límites del sur de la ciudad o en el mar que recorría la costa. Por entonces podías tener al frente a tu mejor amiga o amigo completamente desnudos sin que el morbo aflorara en la mirada. Quien se desnudaba no tenía vergüenza ni temor, porque sabía que no sería agredido. Así se vivía antes. Muchos piensan que era el paraíso. Sin embargo, de repente todo cambió. De entre las eneas y charcos del pantano comenzaron a aparecer dos hombres extraños, difíciles de interpretar, violentos, que usaban filudos cuchillos para someter a sus víctimas. La gente empezó a decirles: los ‘monstruos del pantano’. A partir de entonces el miedo se instaló en la mente de los chimbotanos.