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martes, 1 de octubre de 2013

La hora del cuento: Travesías en el Malecón


Por:
Marco Antonio Silva Mantilla

Es noche de sábado y en todas las arterias de la ciudad un gentío de jóvenes y adolescentes se alistan para salir de rumba. Los motivos sobran: El cumpleaños del amigo, la dicha porque al fin la hembrita que tanto le gustaba se decidió a darle el sí, el gran triunfo de la selección de fútbol sobre su similar de Venezuela, haber conseguido “chamba” luego de varios meses de intensa búsqueda o simplemente el deseo de querer ‘pegársela’ hasta que alumbre el gringo. En fin, una diversidad de razones y sin razones que alborotan la mente de miles de jóvenes que esperan hacerla “linda” una noche de sábado.

Richi tiene 21 años y a su edad ha recorrido todos los centros de diversión habidos en la ciudad. Los “bacanes” y los “monses”. Aquellos donde no pasa nada con las flacas y los otros donde abundan los buenos “lomos”. Él se las sabe todas, pues empezó a salir con sus “patas” del barrio “El Acero” desde que tenía dieciséis y para este tiempo cuenta con la “cancha” suficiente en cuestión de mujeres y diversión, por lo que suele sacarle el máximo provecho a un fin de semana.

miércoles, 20 de junio de 2012

La hora del cuento: Camotes Fritos


- Lloro por todo. He llorado mirando la Sirenita, el Rey León y Pocahontas. – Camila escondió su carita con su bolso, creo que se sonrojó.

- Yo lloro cuando estoy enamorado, no sé bien por qué. Pero lloro. Busco refugio en el mueble o debajo de la cama y sólo lloro. – René no escondía su cara, pero le fijaba sus ojos en los de Camila, y se notaba que era muy adrede, pues buscaba como sea sus ojos y tenerlos allí

jueves, 3 de mayo de 2012

LA HORA DEL CUENTO: El perro Vagabundo...


La tarde yacía fría y melancólica. Una ligera garúa acompañaba a los tres pobres diablos que compartían - sentados en el piso de la vieja estación ferrocarrilera - un plato con frijoles que parecían ser de varios días atrás. Fue una sorpresa hallar en medio de ese trío a Dante, ex - compañero de la universidad, que era otro tipo con su vestido harapiento y un olor a “perro vagabundo” que no ha recibido un baño en muchísimo tiempo. Eso es lo que parecía sin exagerar Dante, un “perro vagabundo”. Se me vino entonces a la mente la imagen de aquél muchacho alto y fuerte que conocí una lejana mañana de abril en la interminable cola de un banco, al que ambos – coincidentemente - acudimos para pagar nuestro derecho de matrícula universitaria. La cola era tan larga que traspasaba la puerta de ingreso del local y se extendía varios metros por la céntrica avenida Bolognesi. Casi al final de la fila yo bostezaba de aburrimiento, mientras que Dante,  parado delante de mí, leía un diario deportivo. Cuando vi que dobló su periódico y lo guardó en el bolsillo  trasero de su pantalón, me animé a pedírselo prestado. Sin inconveniente sacó el diario y lo puso en mis manos, recomendándome en tono sarcástico que no olvidara devolvérselo. Ese Dante había sido un gran platicador, al toque me hizo la conversación y como a mí nunca me gustó quedarme atrás, le seguí el hilo de la plática, hasta enterarnos que en unos días seríamos compañeros de clase en la escuela de periodismo. La estancia del “zapatón” – apelativo con el que se hizo conocido en la universidad  por el exagerado tamaño de sus pies –  duró apenas un par de años. A mitad de la carrera su silueta, repentinamente, dejó de pasearse por el pool de la escuela. Nadie nunca más, hasta esa friolera tarde en que volví a verlo, supo de aquella promesa del periodismo que pudo ser pero que nunca fue. Jamás hubiese podido imaginar que aquel pitillo de marihuana que probó una noche, con el pretexto de aliviar así el estrés que le producía la abrumadora carga académica y liberarse, además, de las broncas con su padre, sería la excusa para terminar en el miserable personaje que tenía frente a mis ojos. ¡Carajo! ¡Qué mal se veía Dante junto a esos pordioseros!