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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Leyendas de Chimbote: Tarrata y Pichuzo

Los violadores del pantano
No hay registros documentales. Y los que tienen menos de 40 años ni se los imaginan. Sin embargo, los ancianos, a quienes muchas veces no prestamos atención, saben de ellos. Estas son dos historias construidas con pequeñas gotas de sangre: ‘Pichuzo’ y ‘Tarrata’, los monstruos del pantano.

Representación Tarrata y Pichuzo en acción. Ilustración: Juan Antonio Alvarez Gavidia

Las personas que vivieron entre los años 1960 y 1970 recuerdan ese tiempo como una época de inocencia pero al mismo tiempo como el brote del crimen. Los niños y algunos jovencitos (varones y mujeres) se bañaban juntos, tal y como vinieron al mundo, en el cauce del río Lacramarca, en el pantano que asomaba en los límites del sur de la ciudad o en el mar que recorría la costa. Por entonces podías tener al frente a tu mejor amiga o amigo completamente desnudos sin que el morbo aflorara en la mirada. Quien se desnudaba no tenía vergüenza ni temor, porque sabía que no sería agredido. Así se vivía antes. Muchos piensan que era el paraíso. Sin embargo, de repente todo cambió. De entre las eneas y charcos del pantano comenzaron a aparecer dos hombres extraños, difíciles de interpretar, violentos, que usaban filudos cuchillos para someter a sus víctimas. La gente empezó a decirles: los ‘monstruos del pantano’. A partir de entonces el miedo se instaló en la mente de los chimbotanos.


De esos miserables se sabe poco. La mayoría de versiones suenan a fantasía, parecen fábulas fabricadas en la mente de los hombres y mujeres de aquella época. ¿Quiénes eran realmente estos oscuros personajes? Constante Sánchez, un chimbotano que pasa los sesenta años, asegura que los conoció en uno de los torneos de fulbito Interbarrios que se disputaban con ahínco décadas atrás. Recuerda que el verano de 1963 ‘Pichuzo’ y ‘Tarrata’ se paseaban por estos campeonatos sacando pecho de su fanatismo por el club Alianza Lima y haciéndole barra a un equipo de Miramar. “Ellos siempre fueron achorados. Cuando el equipo de mi barrio le ganó al de Miramar, furiosos armaron tremenda bronca. Los dos solos se liaron a golpes con una veintena de hombres, haciéndonos retroceder. Eran bastante agresivos y tenían una fuerza salvaje. Nadie los conocía bien, sólo sabíamos que vivían cerca”.

‘Pichuzo’ se apellidaba Villanueva y en aquella época tenía 35 años. ‘Tarrata’ provenía de una familia alemana y su apellido era Eschul. A pesar de su linaje, ‘Tarrata’ era un moreno horrible, alto, descuidado y sin dientes. Pocos conocían su apellido. Él siempre trataba de ocultarlo. ‘Pichuzo’ era, físicamente hablando, el lado opuesto. Parecía un sujeto amigable, tenía el cabello más o menos ondulado y no era muy alto. Sin embargo, Constante cuenta que ‘Pichuzo’ fue el peor.

“Estos nombres —comenta Eduardo Quevedo Serrano, de 52 años— perduran tatuados en mi mente porque forman parte de hechos y alegorías que alimentaron la imaginación de mi niñez”. Él dice que esas historias con el tiempo se volvieron leyenda. En la actualidad, pocos los recuerdan. La pregunta que muchos se hicieron después de la captura de estos sujetos fue: ¿De dónde provenían sus sobrenombres? Pichuzo es una palabra quechua que se utilizaba para denominar a las personas de baja estatura. En Chimbote, a inicios de los años 50, Antonio Leytón Palomino, uno de los mejores nadadores de la historia de Chimbote, era apodado Pichuzo, debido a su escaso metro cincuenta de tamaño. Hay que acotar que en el año 1965 un sujeto llamado Guillermo Lavalle Vásquez, ocupó las primeras planas de los diarios en el Perú. Este tipo, después de abusar sexualmente de un niño de apenas 4 años, le cortó la cabeza y dejó sus restos en una habitación de la urbanización Apolo, en el distrito de La Victoria, en Lima. Cuando fue capturado, sin el mínimo remordimiento rechazó los cargos; pero años más tarde, la justicia determinó su fusilamiento. A este violador y asesino le pusieron el alias de ‘Pichuzo’, pero no guarda ninguna relación con el criminal chimbotano.

El periodista Teobaldo Arroyo cuenta que la avenida José Pardo, antes de ser remodelada, albergaba centenares de ratas que se escondían entre el pasto y las plantas. “Los roedores solían cruzar de un lado a otro, espantando a los transeúntes. Por allí pasaba también un hombre moreno, alto, de un hablar entrecortado que tartamudeaba cada vez que le salía al frente una rata: “Ahí ta la ra-ta-ta... la ra-ta... ta rata..mata la ra-ta-ta“. Por esa peculiar manera de hablar se ganó el apelativo de ‘Tarrata. Este sujeto disfrutaba asesinando a los roedores con piedras o a patadas”. Más tarde asesinaría humanos.

La gente de antaño recuerda vagamente a estos depravados. Algunos cuentan que los rumores de violaciones se dejaban oír en toda la ciudad, pero nadie se atrevía a denunciarlos; había, incluso, mujeres que desaparecían para siempre. Los pobladores atribuían los crímenes y extrañas muertes a seres deformes, de aspecto cinematográfico que emergían de las profundidades del pantano. No concebían que los verdaderos culpables habitaran entre ellos, que tuvieran un trabajo normal, nombres y apellidos como cualquier otro vecino. El temor en la población se acrecentó cuando hallaron a una mujer muerta en los pantanos de Villa María. Por esos tiempos, los violadores llevaban a sus víctimas hacia lugares oscuros, pantanosos y de abundante vegetación. Chimbote ofrecía, entonces, sectores propicios para que este par pudieran realizar sus fechorías. La zona, donde ahora funciona el vivero forestal, era un descampado con montículos de tierra y basura, ideales para que los violadores se guarecieran. En ese lugar se oían por las noches gritos despavoridos de mujeres, pero nadie se atrevía a ingresar a los terrales. Otro sitio favorito para los monstruos era el sector del Pueblo Joven Miramar; un barrio desolado, inicuo, donde proliferaban los bares, perfecto para escabullirse por sus angostas calles que salían hacia el mar y cometer sus atrocidades sin el riesgo de ser vistos. Por allí merodeaba siempre ‘Tarrata’, sujeto que medía 1.78 metros y que poseía una fuerza descomunal.

Algunas cuadras más allá —donde se ubica, ahora, el asentamiento humano Diez de Setiembre —, existían chacras de árboles frutales y plantaciones de maíz; hasta allí solían llegar las parejas de escolares y jóvenes enamorados, para manifestar sus sentimientos con caricias y besos bajo la sombra de los árboles. ‘Tarrata’ los observaba, escondido en algún lugar; gozaba con el apego de los tortolitos, fijándose en ellos con morbo. Esos actos despertaban en él un fuego brutal que lo llevaba a lanzarse sobre las parejas para perseguirlos. Cuando los enamorados tenían suerte podían escapar, otras veces ‘Tarrata’ los alcanzaba y daba rienda suelta a sus bajos instintos. Su brutalidad llegó, una vez, al extremo de someter a su lascivia a un niño, al que violó y asesinó para luego abandonar el cuerpo en unos matorrales cerca del pantano.

La noche era fría y dos sujetos deambulaban por unos totorales, olfateando la bruma, tratando de sentir en el aire el aroma de algún humano tierno, carne fresca, infantil. Nadie conoce las circunstancias exactas ni de donde raptaron al niño. Lo cierto es que los sujetos se lo llevaron. Constante sabe cómo ocurrieron los hechos, pero prefiere callar. “Recordar eso es horripilante”. Por eso prefiere saltarse e ir al final de la historia. “Un día, cuando unos señores paseaban por los totorales, encontraron un bulto extraño. Se acercaron y vieron un costal semi abierto que dejaba ver un cuerpo despedazado. Se trataba de un niño. Allí empezaron las sospechas. Los vecinos vieron muchas veces a ‘Pichuzo’ y a ‘Tarrata’ rondando esos lugares. La Policía hizo su trabajo y no tardó en atraparlos.

Eduardo Quevedo Serrano cuenta que ambos personajes fueron sentenciados por violación y asesinato. “En la cárcel, ‘Pichuzo’ solía repetir: ‘Señora, señor yo soy inocente’”. Quienes lograron ver a ‘Pichuzo’ y a ‘Tarrata’ en la cárcel (del 21 de Abril de Chimbote) dicen que entre ellos se culpaban. Nunca confesaron su crimen, pero en la mente de los chimbotanos ambos personajes son recordados como la peor escoria que tuvo nuestra tierra.

Lo último que se supo de ellos fue que ‘Pichuzo’ murió en una cárcel de Huaraz y que a ‘Tarrata’ lo llevaron a la Selva. Nada más. Algunos se atreven a decir que los asesinatos que cometieron son incontables. Otros, fabulan que ambos asesinos tienen hijos diseminados por Chimbote.

Leyendas de Chimbote

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