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viernes, 22 de noviembre de 2013

LA ÚLTIMA TARDE CON JAIME GUZMÁN ARANDA

Por Marco Antonio Silva Mantilla
Jaime Guzman Aranda
Los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios.
Carlo Dossi

Seis meses después de que se bajará el telón de la vida para el escritor, poeta y editor Jaime Guzmán Aranda, su familia, amigos, escritores, lectores y todo aquél que tuvo la oportunidad de cruzar palabra alguna en su oficina, la calle o durante la presentación de uno de las tantos libros que editó, aún sienten su inesperada partida.

A todos nos tomó por sorpresa el deceso de Jaime, “Jaimito” o “Loquito”, como lo llamaban con cariño sus íntimos. En Febrero lo había visitado para entregarle, como de costumbre, la última edición de la revista Operación Fishland, pero no lo encontré. Uno de sus familiares me informó que se hallaba en el Hospital de Essalud realizándose un chequeo médico. Algo de rutina nada más. Por entonces una leve gastritis fastidiaba su organismo. Nada que un tratamiento oportuno pudiera controlar. Pero el cáncer es un enemigo silencioso que se mueve con insania y suele manifestarse en su fase terminal.

La última vez que charlé con Jaime Guzmán Aranda, fue una tarde de Junio del año 2011. Llegué a las instalaciones de Río Santa Editores en el Jirón Francisco Pizarro en compañía de Luis Vásquez Coronel (escritor Chimbotano) y de Juan Antonio Alvarez Gavidia (Director de la Revista OF). En esa ocasión, Luis Vásquez se hallaba recopilando información para un nuevo proyecto literario, basado en el mundo de la prostitución chimbotana, y quería conocer a fondo los interines del oficio más antiguo del mundo. Jaime nos recibió detrás de su escritorio, sentado en su sofá negro de cuero; apenas nos vio entrar interrumpió la lectura de “El Sueño del Celta”, última novela publicada por el Nobel de literatura Mario Vargas Llosa. “Hola Jaimito, ya estamos listos para el paseo”, saludó de entrada Luis Vásquez. Jaime, que sabía de antemano de nuestra visita, se paró de su asiento y le respondió con un efusivo abrazo, luego me extendió la mano y saludó también a Juan Antonio quien había fijado la vista en una colección de autores chimbotanos expuesta en una vitrina de vidrio. “Así que quieres visitar el convento Luisito. A esta hora las niñas están nuevitas, todavía se les puede encontrar vírgenes”. ¿El convento?, me interrogué. “Por si acaso muchachos el convento, como lo llama Jaime, es el burdel, el “chongo”, conocido así vulgarmente por los parroquianos”, intervino Luis aclarando toda duda sobre el lugar al que iríamos. “Claro, también le dicen el ‘chómpiras’”, acotó Juan Antonio, sumándole una nueva denominación a la también llamada “Casa Rosada”. Luego de ese breve coloquio abandonamos la editorial en busca de un taxi que nos condujera a nuestro destino. Andando por la acera de las calles chimbotanas parecíamos cuatro mosqueteros en busca de aventuras vespertinas. Jaime Guzmán, el quijote Chimbotano, el poeta, terco y apasionado, el loco editor de libros nos conduciría a lo que él llamaba “la ruta de Arguedas”. Todos esos jirones, avenidas, locales, el malecón, la Isla Blanca, el océano que se perdía en el horizonte, la gente que hormigueaba a esas horas, los “locos” perseguidores de sueños; la ciudad entera cobraba vida en los más de cincuenta libros que Río Santa ha publicado, desde su creación, hace veinte años. ¿Es vedad Jaimito que piensas sacar de nuevo Altamar? Pregunta Luis Vásquez mientras el taxi atraviesa la avenida aviación, antes conocida como el Zanjón, donde por décadas funcionó “La jorobada”, uno de los burdeles emblemáticos en la época del boom pesquero. El poeta y editor de hablar nervioso, se llena de nostalgia. Su mirada sigue rígida. Los años de Altamar se le vienen a la mente. En sus páginas dejaron registrada su pluma escritores como Marco Martos, Maynor Freyre, Lino Dolan, Pepe Gutierrez, Pedro Beltran, Saniel Lozano, Gonzalo Pantigoso, entre otros. “Más adelante saldrá un número de colección”, responde escuetamente. “Lo que ya tenemos avanzado es el relanzamiento de Los Zorros. Todo está casi listo, sólo falta una parte del financiamiento”. La cultura vende poco en esta ciudad. Cuántas veces ha primado el desinterés, la desidia, el desamor hacia nuestra tierra y hemos permitido que la anticultura fornique en nuestras narices. La lucha emprendida por Jaime Guzmán ha sido titánica. Su mayor logro quizás sea haber convencido a otros de andar por el mismo camino que él. Serán pocos, pero son. Su apostolado se revela en una de sus frases predilectas: “Para dejar de ser forasteros en nuestra tierra, leamos lo nuestro”. El vehículo llega al final de la avenida pardo y voltea hacia la izquierda. “Esta ruta la describe Arguedas en el Zorro de arriba y el Zorro de abajo”, prosigue Jaime. La cercanía al ‘Convento’ parece haberle encendido todas las luces. El taxista escucha atento. “Aquí presentamos La Santa Cede hace unos años, fue una verdadera revolución lo que hicimos. No sé si decir que tenemos el honor, la satisfacción o el desmadre de haber presentado un libro en un burdel. Oswaldo Reynoso y varios escritores chimbotanos estaban en la mesa de honor. Teníamos como auditorio a las putas de Chimbote, a los parroquianos y a la mami de Tres Cabezas “Sor Ana”, por lo tanto las prostitutas se convertían en las novicias junto a su madre rectora". ¿Quién más podría haberse atrevido a presentar un libro de relatos en un burdel, rodeado de prostitutas y parroquianos? Cuando al fin pisamos el suelo de la “Casa Rosada”, “el chómpiras, “el chongo”, “el convento” o como quiera llamársele, lo primero que llama nuestra atención es la ramada de un árbol que hace sombra a los transeúntes. ¿Será el mismo árbol del que también habló Arguedas? La entrada cuesta dos soles. Un par de tipos cobrizos custodian que nadie evada aquél pago. Jaime pasa primero, todo canchero, resuelto. Lo seguimos con cautela. Para nosotros es la primera vez en esos avatares. Rostros pasmados con la carne que se luce en los cuartitos de las treinta y tantas habitaciones del burdel se pasean indecisos, mirando de los pies a la cabeza a las mujeres antes de elegir a la indicada. “Para este lado se colocó la mesa de honor”, señala Jaime. “A este otro lado estaban las ‘damitas’ y los parroquianos”. Media ciudad debe haber visitado “la casa Rosada”. Antes de colocarnos en una de las mesas damos un paseo por los pasadizos del local. Me topo con rostros conocidos. Nadie me saluda. Parece que no se percatan de mi presencia. ¿Me habré vuelto invisible aquí dentro? “¿Por qué eligió un burdel para presentar su libro?”, me animo a preguntar. “Para salir de la rutina, buscar nuevos lectores, porque en la Santa Cede se cuentan historias de prostitutas, de maricones; ese sello propio de esta ciudad que aunque no pueda gustar a muchos, es parte irremediable de nuestra historia”. Ahora sí nos sentamos. Luis Vásquez pide un par de cervezas para acompañar la charla. Se nos vienen encima muchos temas, algunos recurrentes, otros novedosos, quijotescos. La vida de Jaime Guzmán Aranda resulta una verdadera epopeya cultural. “Lo primero que hizo Jaime fue publicar libros que ya nadie leía, como El caso Banchero, de Guillermo Thorndike, Del mar a la ciudad, de Óscar Colchado, o títulos de Julio Ortega. Siempre de gente de peso y con un tiraje grande, de 10,000 ejemplares. Además, empezó a editar libros de autores chimbotanos siempre por miles de ejemplares. Los metía muy bien en los colegios. Él fue un precursor del plan Lector, dándole mucha preponderancia a lo regional”, cuenta Ricardo Ayllón en una entrevista a un medio local, recordando al amigo y hermano que conoció a inicios de los noventa. Volviendo a aquella tarde de Junio, que se nos hizo tan corta hablando de libros, jirones, putas, comadronas, escritores, política, incluso de curas y la moral religiosa. Seguro que a Luis Vásquez le sirvió de mucho la conversa, para lo que tenía en mente escribir. Salimos del ‘Convento’ despachados de las historias que nos contó la regente del local, y también de aquellas no dichas pero que flotaban en el aire confundidas con el tufillo del burdel. Jaime volvió a su guarida de Francisco Pizarro, a su sacrosanto oficio de editor de libros (Gracias a él los chicos de la escuela saben reconocer a Oscar Colchado, a Dante Lecca, a Julio Ortega, a Marco Merry, a Víctor Unyen, a Miguel Rodríguez Liñán y al propio Jaime, entre otros autores chimbotanos). Juan Antonio y yo a nuestras casas, a seguir bregando con la rutina del trabajo; y Luis Vásquez a Piura donde radica ya hace varios años desempeñándose como docente.

Dos años después de aquella tarde, Jaime abandonó el barco. No por voluntad propia, porque todo aquél que lo conoció sabe que le hubiera encantado seguir bregando. Y que lo hizo, aún, desde su cama en un Hospital capitalino a donde se trasladó para un chequeo de rutina el cinco de marzo, pero ya no volvió más. Ese enemigo insano llamado Cáncer lo venció, terminó con su ilusión de publicar la revista Altamar en volúmenes de colección, dejó en la gaveta varios poemas inéditos que pensaba reunir con los ya publicados en una antología. Mirian Segura, su asistente, la mujer que lo acompañó durante 19 años en su peregrinaje por las Ferias de Libros en la calle, en los colegios y universidades, a las presentaciones, lo recuerda como un “irreverente”, como el “loquito”, que rompía la monotonía del trabajo cerrando su oficina en horarios de atención al público para salir a jironear y comerse un cebichito en la tía Alicia del mercado “Alfonso Ugarte” o en “Los Godos”. Él siempre me decía: “Me duermo pensando en Río Santa y despierto pensando en Río Santa”, recuerda nostálgica Mirian. Estamos seguros que el loquito Jaime se durmió pensando para siempre en su amado Río Santa Editores. Hasta siempre Quijote.


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