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martes, 28 de diciembre de 2010

Mamita Esperanza


Apenas descendí del autobús que me trajo de regreso a Chimbote una ráfaga de recuerdos empezó a dispararse en mi mente. Creí ver a mi madre abriéndose paso entre todo ese mar de personas que iban y venían de un lado a otro en el Terminal Terrestre. La imaginaba acercándose a mí con los brazos abiertos, con su rostro aplanado y el vestido azul que usaba siempre en las ocasiones especiales, disimulando una sonrisa para que no se notara su dentadura corroída por las caries. La última tarde en que la vi estuvo más triste que de costumbre; no era para menos, pues ese día tuvo la mala fortuna de descubrir que su único hijo varón era un vil ladrón. Hasta entonces, mamá había replicado a las mujeres del barrio que me acusaban constantemente de ser yo el que ingresaba a sus casas de madrugada a robarle sus animales o la ropa que dejaban tendida en los cordeles.
- ¡Mi julito no es ningún ratero, ustedes andan diciendo puras mentiras de él, son unas chismosas y habladoras!
- ¡Ay doña Esperanza! ya se dará cuenta usted misma que nosotras no hablamos demás y que su hijo anda en malos pasos. Debería corregirlo y prohibirle que se junte con esos chicos de las pandillas.
Mi madre siempre hacía oídos sordos a todo lo que le hablaban de mí en la calle. Le bastaba con escucharme decir que eran puras mentiras para quedarse tranquila y demostrarme su amor rascando mi cabeza con ternura y estampando luego un beso en mi frente. Lo que sí me daba mucha pena, era verla llorar cada vez que se peleaba con el Francisco por mi culpa; ese desgraciado que mamá trajo a vivir con nosotros dos años después de que mi padre terminara con el cráneo destrozado luego de caerse, con el camioncito que manejaba, al fondo de un abismo en la sierra. Yo debía tener siete u ocho años cuando pasó el accidente, no lo recuerdo bien; lo que sí me quedó grabado en el corazón fueron las palabras que mamá repitió con desconsuelo durante las dos noches que duró el velorio y aún el mismo día del entierro de papá. “¡La vida ya no será la misma sin ti José! ¡¿Por qué te fuiste José si yo te necesito tanto. Si tus hijos te necesitan tanto?!”  Cuanta razón tuvo mi madre al decir eso, pues ya nada fue igual en la casa desde que papá partió hacia ese lugar lleno de campos floridos y días interminables, que las mujeres del grupo de oración encargadas de rezar el rosario durante las noches de su velatorio, describían como el paraíso. “Don José fue un buen hombre, el señor lo debe tener en su Santa Gloria. Dios cuidará de usted y sus hijos doña Esperanza. El sabrá poner pronto en su camino una nueva persona para que le ayude a criar a sus pequeños”. Pero ninguna de esas promesas divinas se cumplió. Al contrario, los ojos de mamá se llenaron de un luto que parecía eterno. Se pasaba las mañanas, tardes y noches abrazando una foto de mi padre; no faltaban ratos en los que se ponía a conversar con la imagen reclamándole el abandono en el que había dejado a su familia; estaba echada por completo a la pena y de la mujer hacendosa y con buen juicio que siempre fue poco quedaba; greñuda y ociosa se volvió mi madre, de no haber sido por el dinero que papá le entregaba en vida todos los meses en un sobre cerrado, para que ella lo guardase como un ahorro, hubiésemos muerto de hambre. De previsor y ahorrativo papá tuvo mucho; él siempre decía: “nunca se sabe en qué curva lo puede sorprender a uno la muerte, así que este dinero les servirá cuando yo ya no esté”. Y fue como él lo dijo, una curva a la que llaman “la curva del diablo” lo alejó para siempre de su familia.  
Ya habían transcurrido seis meses desde que papá falleció y mi madre no movía un solo pie fuera de casa. Sólo se levantaba de la cama para preparar los alimentos y enviarme a la escuela. A mi hermana Paolita la tenía en completo abandono, nunca la bañaba ni cambiaba de ropa. La mugre se le escurría en el cuerpo a la niña y sus cabellos estaban tan duros que se hacía muy difícil peinarla. Un domingo, mi hermanita se arrastraba por el suelo jugando con una pequeña pelota de plástico. Los mocos le goteaban de la nariz; de cuando en cuando ella misma hacía el esfuerzo de absorberlos. De pronto, su mirar lánguido se clavó en el rostro taciturno de mi madre. Entonces dijo algo que cambió de golpe nuestra historia familiar. “Mamita tego mucha hame”. Los ojos de mamita Esperanza se iluminaron al oír las inocentes palabras de su hambrienta hija de tres años. Resultó tan mágica y encantadora esa expresión que mi madre poco a poco fue moviéndose de la cama donde había invernado tanto tiempo y se puso de pie para abrazar a Paolita. “Ven mi amor, déjame darte un abrazo. Vamos a lavarte esa cara y ponerte ropa limpia. Julito, corre a traerme el bolso donde guardo la plata, quiero ver si todavía nos queda algo para invertir en algún negocito. Ya fue mucho tiempo de estar holgazaneando arrumada aquí como si fuese un estropajo.  Mira nomás cuanto polvo y telarañas se han juntado en las paredes y el techo. ¡Perdónenme hijitos por haberlos descuidado, las cosas van a cambiar, se los prometo…!”
            El bolso era de color marrón, estaba hecho a base de rafia y sobrevivía colgado en una de las paredes del dormitorio que antes compartían mis padres; tenía las asas maltratadas y el cuerpo repleto de heridas, producto de su terco enfrentamiento con el tiempo. En su interior se almacenaba nuestra miseria, una miseria que se resumía a un par de billetes y unas cuantas monedas que sumados hacían un total de veintiocho soles con cuarenta céntimos. Lo máximo que podía alcanzar ese dinero era para comer un par de días más; así que pensar en poner un negocio estaba descartado. Sin embargo a mamita Esperanza no se le pasó en ningún momento por la cabeza dejar de lado su propósito, y a partir de la mañana siguiente echó mano a todas sus fuerzas y  buscó, de mil maneras, ganar el dinero necesario para montar un puesto de frutas en el mercado El Progreso, aquél negocio que siempre quiso tener, pero que mi padre nunca avaló por sus celos, pues decía que en el mercado más que a trabajar las mujeres se dedicaban a conseguir marido o sacarle la vuelta al que ya tenían. Pero mamá estaba decidida a lograr como sea su puesto de frutas y lo primero que hizo fue vender la cafetera que papá le regaló en su último cumpleaños; según ella no la usaríamos más, porque el café terminaba por volver loca a la gente; en el fondo su verdadera intención era desprenderse de todas las cosas que le traían a la memoria el recuerdo de papá, por eso luego de la cafetera vendió también los dos ternos y la ropa de agua de mi padre. Como siempre le vinieron bien los trabajos de ama de casa, mamá se dedicó a lavar ropa de los vecinos, cuidar niños, vender anticuchos y papa rellena en la puerta de la casa y hasta hubieron noches en que no dio cuenta del sueño y amaneció fileteando pescado en una fábrica de conservas, en la que le pagaban apenas quince soles el jornal. De todo cuanto pudo hizo mi madre con tal de reunir los mil soles que necesitaba y así empezar con su negocio. A pesar de los días malos que tuvimos, su ánimo nunca decayó. Varias veces nos enfrentamos al hambre, pero lo hicimos con valentía, como lo hace la gente pobre que sólo tiene sus fuerzas y nada más. Día tras día la lucha de mamá se veía reflejada en una nueva moneda o billete que ella iba amontonando en el mismo bolso en que solía guardar la plata que le entregaba mi padre. Cuando al fin tuvo completo el dinero, mamita Esperanza compartió su alegría con nosotros.
- ¡Hijitos ya juntamos la plata para comprar el puesto de frutas! ¡Ahora sí cambiará nuestra vida!
            Estoy seguro de que cuando mamá dijo eso, no pensó que se toparía en su camino con el Francisco. A ese canalla malagradecido no le bastó con arruinarle la vida sino que tuvo por fin matarla a golpes. Tanto que le dio mi madre; trabajo, casa, una familia, pero su amor por sobre todo. La boca se me pone de un sabor amargo con sólo mencionarlo. Si retorné a Chimbote fue para matar a ese malnacido. No tenía otro motivo más que ese para regresar, pues antes de partir le juré a mi madre que sólo volvería a casa siendo un hombre bien plantado, pero aún faltaba mucho para serlo. Si lo cuento todo, es porque no quiero que se diga que tuve otro motivo, que no fuere el de la venganza, para acabar con el Francisco. La gente siempre se anda inventando cosas y aunque algunas pudieran ser ciertas, cada quien le da su propio tinte a los hechos. No me causa ningún orgullo hablar del crimen que cometí, pero  si el desgraciado renaciera lo mataría de nuevo.
Mamá le compró el puesto de frutas a su comadre Gloria, quien como muchos peruanos se iba del país porque aquí la cosa no marchaba bien. No se podía andar en las calles sin el temor a que un coche bomba le explotase a uno en la cabeza y como para rematar el asunto, la violencia de los pandilleros se convirtió en pan de todos los días en la ciudad; además el chino ése que había llegado a ser presidente, del saque anunció un “paquetazo” que puso el precio de las cosas por las nubes; por eso Doña Gloria decidió rematar su puesto y marcharse a la Argentina, donde tenía unos parientes que trabajaban varios años por allá; lo remató por doscientos soles, que era menos de la mitad de lo que en realidad valía. Con ese dinero pudo pagarse su pasaje en ómnibus hasta la Argentina. Los primeros meses recibíamos noticias suyas cada fin de semana, pero luego de repente no supimos más de ella, hasta que un día apareció su foto en un diario de la ciudad donde daban la noticia que había sido asesinada en una de esas fiestas chicheras que los argentinos llaman bailantas.
Para el tiempo en que mi madre se hizo del puesto de frutas, su rostro tenía un aire más sereno y las fuerzas se le habían devuelto al cuerpo. Según mamá, todo lo bueno que acontecía era por obra y gracia del Todopoderoso. “Dios tarda pero no olvida hijitos, ya ven como han ido mejorando las cosas; de aquí voy a ir guardando una platita para poder pagarte la universidad Julito… Tú prepárate nomás, estudia mucho y no te preocupes por el dinero, que de eso yo me encargo. Mamá anhelaba que yo estudiase en la universidad, ese era su deseo, un deseo que antes su padre hubiese querido que ella cumpliera, pero que no pudo lograr, pues se comprometió muy joven. Su padre - que a buena cuenta venía a ser mi abuelo -, el mismo que no conocí, pero del que me hablaron que llevaba por nombre Rómulo, la bautizó como Esperanza, otorgándole así la responsabilidad de ser ella quien cumpliese su anhelo de ver a uno de sus retoños convertido en profesional, pues ya antes lo habían defraudado Aurelio y Eusebio, sus dos hijos varones, quienes terminaron como mercachifles en el mercado modelo. Cuando don Rómulo vino a saber que su hija tenía planes de casarse, habiendo terminado apenas la escuela, puso el grito en el cielo y ordenó la encerraran en su cuarto hasta que él pudiera arreglar ese asunto. Un mes entero pasó mamá sin saber si era de día o de noche; recibiendo de a cuenta gotas noticias de su amado novio José. “Que ya estuvo tal día hablando con tu padre”. “Que ya parece que el asunto de tu boda se resuelve”, le contaba su mamá Fausta, para consolarle en algo el dolor del encierro. Al final papá pudo convencer a don Rómulo que el matrimonio no impediría a su hija seguir estudios superiores; lo que mi abuelo no sabía era que para ese tiempo mamá llevaba dos meses cargándome en su vientre. El casamiento se hizo lo más rápido que se pudo, pues mi padre no quería que alguien se diera cuenta de la creciente barriga de mamá; sin embargo don Rómulo, que tenía un ojo más afinado que el de un águila se percató del embarazo, pero esta vez no gruñó ni pataleó de cólera, apenas lo supo, decepcionado se marchó para Conchudos, allá tenía una chacrita y en ella fue a vivir. Ya nunca más quiso regresar. Sólo volvió cinco meses después envuelto en una manta oscura, con el cuerpo tieso y los labios reventados por el frío, listo para que lo enterraran.
Luego de que mamita Esperanza comprara el puesto de frutas pasó un tiempo de calma en la casa, que por más bueno que parecía no dejaba de resultarme sospechoso. Desde que murió mi padre me había acostumbrado a los sobresaltos y las amarguras; muy bien dicen que a los pobres es poca la suerte que les espera. No sé si Dios lo quiera así. Eso no lo sé y tampoco tendría cómo saberlo. Lo único cierto y de lo que yo puedo hablar es que ese aire de desgracia y desventura que persigue siempre a los menos dichosos se posó en mi casa y me llevó por caminos que nunca imaginé ni quise andar.   
Mamá debía madrugar a diario para cumplir con todas las cosas que el día le cargaba sobre los hombros. A pesar de lo mucho que trabajaba, siempre traía una sonrisa prendida en el rostro. No sé cómo, pero mamita Esperanza se daba maña para hacerlo todo al mismo tiempo: preparar el desayuno, planchar los uniformes, vestir a Paolita para la escuela y encima alistar las cajas de fruta que debía llevar al mercado. Nunca le oí quejarse ni la vi palidecer con tanto que hacía, por el contrario irradiaba tanto brillo en sus ojos que yo pensaba por ese tiempo que mamá era un ángel. Su único error quizás haya sido enamorarse de un tipo como el Francisco; me da coraje tener que contar esto, pero una noche mientras ella hacía dormir a Paolita, la oí decir algo que me disgustó mucho.
- ¡Cuánta falta nos hace un hombre en la casa!
No sé si por entonces mamá ya conocía al Francisco, o si al menos lo había visto por ahí, pero en sus palabras percibí un aire romántico que no distinguía desde la época en que ella solía llenar de halagos a mi padre. A mí la idea de que un hombre llegara a ocupar el lugar de papá en la casa nunca me gustó; sin embargo sabía que tarde o temprano mamá se daría al camino de rehacer su vida con otra persona. No tenía muchos años encima, apenas veintiocho; además mantenía intacta su angelical sonrisa y por el trajín del trabajo su figura no se había ensanchado más de lo debido; así que debía ir asumiendo que pronto tendría un padrastro.  
Fue una tarde de sábado cuando el Francisco se apareció por primera vez en la casa, eso sí lo tengo bien grabado en la memoria. Llegó para el almuerzo atendiendo una invitación de mamá, quien quería pagarle de algún modo el favor por haberla ayudado a descargar sus cajas de fruta en el mercado. Apareció con su rostro marrón y el cabello lacio peinado con una raya hacia la derecha, destapando desde un principio ese aire de hombre rudo, pero al mismo tiempo servicial, del que sabía hacer gala. Esa tarde el tipo se la pasó haciéndose el bueno, le sacaba sonrisas a mamá a cada momento y hacía jugar a mi hermana con una familiaridad que me dejó extrañado. Yo no le regalé siquiera una mueca, apenas y lo saludé por puro compromiso, pues no quería que pensara que era un chiquillo malcriado.  Se notaba a leguas que el Francisco le había puesto los ojos encima a mi madre. Después de ese día, sus visitas se hicieron más frecuentes. En poco tiempo lo tuvimos como un visitante infaltable los fines de semana. Cada vez que llegaba le echaba mano a mejorar algo en la casa; ya sea ajustar las bisagras flojas de las ventanas, ya sea cambiarle las empaquetaduras a los caños para que dejen de gotear, ya sea darle una mano de pintura a las paredes. Estaba seguro que el Francisco tenía el propósito de enamorar a mi madre mostrándose como un hombre hacendoso. La sangre se me calentaba cuando los veía juntos, por eso un día no aguanté más y fui a increparle al desgraciado - que se lucía pintando el techo de nuestra cocina - el  por qué andaba dando tantas vueltas por mi casa.       
- ¿Qué tanto hace usted por acá señor? – le pregunté al Francisco con aspereza.
- ¿No me vez muchacho?, estoy poniendo bonito el rancho para cuando me venga a vivir aquí. – me respondió el condenado con una ironía que me enfadó aún más.
- ¿Y quién le ha dicho a usted que se puede venir a mi casa?
- Nadie aún, pero apenas se lo pida a tu madre, ella dirá que sí…
- ¿Y por qué está tan seguro de eso, acaso usted tiene algo con mi mamá?
- Todavía no, pero en los ojos se le nota que se anda muriendo de amor por mí.
“¡Basta! ¡No voy a dejar que este tipo se meta en mi casa así nomás!”, pensé. Y me salí corriendo a buscar a mamá, que estaba en el fregadero lavando ropa.
- ¡El Francisco me ha dicho que se viene a vivir con nosotros y que tú te mueres por estar con él!
- ¿El te ha dicho eso?
- ¡Sí, eso ha dicho! Y no me ha gustado para nada.
- Pues no estaría mal Julito, hemos pasado mucho tiempo viviendo solos, no crees que ya es hora de que alguien venga para reemplazar a tu papá. Además Francisco es un buen hombre.
- ¡No mamá!  ¡Si él viene, yo me voy!
El Francisco ya se le había colado por todos los frentes a mi madre, por eso cuando él le pidió que fuese su pareja y venirse luego a vivir con nosotros, ella lo aceptó bien rápido, ignorando por completo lo que yo pensaba de ese asunto. Con el Francisco dentro, a mí no me quedó otro camino que largarme. Salí un lunes, un poco más allá de la media noche. Todos dormían, y aunque no tenía la menor idea de a dónde ir igual me escapé de casa. A los once años no se puede saber con certeza qué está bien o qué está mal; es cierto que en ese entonces el Francisco no había hecho nada aún, ni a mi madre ni a mí, pero igual yo no lo quería metiendo sus narices en mi familia. Huí con el fin de demostrarle mi antipatía al desgraciado y hacerle saber a mamá que ya desde un inicio las cosas no marchaban bien entre los dos.  
La madrugada empezó a crecer silenciosamente; un frío intenso se me colaba en los huesos. Avanzaba despacio, rechinando los dientes, con los hombros encogidos y las manos guardadas dentro de las mangas de mi chompa de lana. No había una sola alma en las calles. El golpe de mis pasos se confundía con el estruendo de los grillos y las luciérnagas. Nada más que eso se oía. Para qué mentir, tenía miedo, mucho miedo. Por mi padre supe que cuando nada se oye es cuando más peligro hay; él  aprendió eso en sus viajes a la sierra. Varias veces se le malogró el camión en medio de las montañas y tuvo que caminar muchos kilómetros en horas tan oscuras que la única luz iluminando el camino era la que irradiaba de su linterna. Papá me contó muchas historias de sus viajes; y en todas siempre se refería al silencio como cómplice del peligro. Él decía que  en la sierra la mudez de los cerros espanta, por eso hay que andar con cuidado, pues en cualquier momento puede saltarte encima un zorro o aparecer un pishtaco que te corte el cuello de un navajazo. Aquí en la costa no hay zorros ni pishtacos, aquí lo que hay son bastantes rateros y hartas pandillas juveniles. Una de las bandas que más terror causaba en la ciudad eran “los pirañas del Carmen”; ellos, hasta antes que el ejército los desmantelara, habían sido los responsables de más de una decena de crímenes e infinidad de destrozos en los barrios de “El Porvenir” y “El Carmen”, justo donde yo me movía, a esas horas, como un extraño. Las canillas me temblaban más de miedo que por el frío; de rato en rato el pecho se me exaltaba y  las ganas de regresar a casa se hacían grandes. Pero la rabia que sentía al saber que ahora mi madre compartía su cama con el Francisco podía más que cualquier temor, así que continuaba caminando sin rumbo fijo, escupiendo mi cólera, tramando la manera de cómo hacer para que el intruso se fuera. Los pensamientos se me cortaron de golpe cuando dos brazos flacos y calientes se enroscaron por mi cuello y me tumbaron contra el piso. Apenas besé la acera sentí el peso de  varios cuerpos cayendo sobre mí uno tras otro; en menos de lo que tarda un niño hambriento en devorarse un pan, me revolotearon como si fuese un muñeco de trapo, para dejarme luego tirado en la acera.
- Oe “Lenguado”, este chibolo no tiene ni un puto sol en los bolsillos…
- ¡Tonces quítenle las tabas pe “pitufo”!
- ¡Puta mare, pero por  estas ruedas no dan ni un mango!
- Levanta a ese chibolo misio de mierda, quiero verle el cacharro…
Cuando estuve de pie, tenía la ropa llena de tierra, los codos y las rodillas raspadas y los ojos empapados de lágrimas. Me rodeaban seis cuerpos que la luz opaca de la madrugada desteñía. Apenas y podía distinguirlos. El miedo que estaba sintiendo se convirtió en terror; en ese instante me arrepentí de haber salido de casa, pero ya era tarde para esas cosas, así que sólo atiné a suplicar por mi vida.      
- ¡No me maten! ¡Por favor no me maten.! ¡No me maten!
- ¡Cállate chibolo huevón y dime que haces por acá – Me increpó el que llamaban “Lenguado” - No sabes que todo el que pasa por aquí debe caerse con algo de billete y al que no paga lo reventamos. 
- No, yo no sabía. De verdacito que no sabía…
- “Lenguado” pa’ mí que este es un soplón de “los rojos” del progreso, hay que  tumbarlo de una vez. -  Habló ahora el que llamaban “Pitufo”.
- ¡No por favor, no me maten por favor! ¡Yo no soy soplón, yo me escapé de mi casa! ¡No soy soplón, de verdacito no lo soy!!No me maten por favor…!    
Para mi buena suerte, al lenguado se la ablandaron los ojos cuando me oyó  decir que  había huido de casa. La voz se le suavizó y en adelante sus preguntas y frases dejaron de sonar amenazantes.
- ¿Te escapaste? Todavía eres una mierdita para andar escapando de casa. ¿Por qué hiciste eso?
- Es que mi amá ha traído a vivir otro hombre en la casa  y yo no quiero que él esté allí. Yo le dije que si él venía yo me iba y como no me hizo caso me escapé.
- ¿Y tu viejo? ¿Dónde está tu viejo?
- Se murió en un accidente…
- ¡Carajo, eso sí que es bien jodido! Pero ya pe’ que cosa quieres, las hembras necesitan siempre un macho a su lado y si tu viejo ya se fue pa’ la otra, tu vieja tiene que buscarse alguien que la caliente en el catre. Tú estás muy chibolo y todavía no tiras, por eso no sabes de esas cosas.
            El lenguado tenía el cuerpo flaco y estirado como una lagartija, la cara larga y el cabello lacio que se le desparramaba por la cabeza formando una especie de choza. Su autoridad en el grupo se hacía notar en cada una de sus palabras.
- ¿Pitufo aún hay trago? – Preguntó  “el lenguado”
- Sí. Quedan dos botellas…
- Ya pe’, entonces vamos subiendo a los reservorios pa’ ‘soplarlas’ allí… Ven con nosotros chibolo – me dijo -  así te desagüevas de tus cosas con unos tragos.
- Pero yo no tomo.
- Vamos nomás que estás con “el Lenguado”, yo te enseño a chupar…- Luego de eso empezó a caminar cerro arriba. Detrás de él iba el resto, desperdigando carcajadas en el aire. Ja, ja, ja, ja
Sólo por unos minutos, que no fueron más de dos o tres, dudé en seguir a la pandilla, después ya no. Después tuve ganas de correr rápido para alcanzarlos, al fin y al cabo yo estaba huyendo de casa y otro lugar donde podía ir a esa hora no conocía. ¿Qué de malo tendría probar unos tragos? Además nadie me obligaría a tomar si yo no quería. “El lenguado” no parece ser tan malo. De ser así ya me hubiese matado sin preguntar tantas cosas. ¡Iré con ellos! No puedo regresar a casa, porque eso sería como aceptar que el Francisco me ganó la pelea. ¡Eso no! ¡El no puede ganar!
Tan pronto alcancé a la pandilla empecé a dar pasos al costado de “el lenguado”. Ya no tenía miedo, ni a él, ni al silencio, ni a la oscuridad en la que ahora caminábamos. El sabor de la rabia se me vino otra vez de golpe a la boca. Si el Francisco se me cruzaba en ese momento, allí mismo le hubiese puesto fin a todo; pero el destino tenía otro tiempo preparado para que él y yo arregláramos nuestros asuntos. Yo sabía que tarde o temprano el intruso sucumbiría a la bravura de mis manos.     
Los reservorios de agua se lucen en la cima del cerro “San Bartolo” con su forma cónica, que los asemeja a dos trompos gigantes tirados con la punta hacia arriba. SEDAPAL, la empresa de agua potable, los construyó muchos años atrás, cuando la ciudad empezaba a explayarse por las faldas del cerro, formando lo que ahora es el barrio de “El Carmen”. Durante las mañanas, la gente que vive cerca de los reservorios y aún no cuenta con el servicio de agua en sus casas, desfila cerro arriba portando baldes, tinajas o latones para abastecerse del líquido; eso ocurre siempre en las mañanas, porque en las noche nadie se atreve a llegar hasta allí.
Mientras subía pensaba en mi padre; la nostalgia tendió sus redes en mi corazón y me devolvió a una calurosa mañana de sábado, una mañana que se repitió infinidad de veces durante los veranos de mi infancia. “Corre más rápido Julio, alcánzame. ¡Tú puedes! Corre un poco más, ya falta poco para llegar. ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Lo lograste! ¡Lo lograste Julio!!Ese es mi hijo caracho! Serás un gran futbolista, no como esos maletas de la selección que no pueden ganarle ni a Venezuela.”. Cuando mi padre vivía, la casa tenía otro aroma, se respiraba un olor a flores frescas que él mismo traía de la sierra. Cada vez que el viejo llegaba de las alturas lo hacía bien entrada la noche; mamita Esperanza calculaba las horas en que mi padre estacionaría su camión frente a la puerta e iba hirviendo el agua para el café y friendo camotes o yuca para recibirlo como se merecía; yo tenía lista mi pequeña silla de junco, apenas papá ponía un pie en la casa me sentaba junto a él y no me movía de allí hasta que terminase de contarme todo lo que le había ocurrido en su viaje. Papá nunca hubiese permitido que yo subiera hasta los reservorios; cuantas veces se lo pedí, pero él nunca quiso llevarme. Ahora le doy la razón y creo que no mentía al decirme que allá arriba era una madriguera de fumones y rateros quienes se camuflaban entre los reservorios para emborracharse, meterse tranquilos sus buenos ‘pacos’ de marihuana y repartirse el botín de sus fechorías.
- ¿Y extrañas a tu viejo chibolo? – me preguntó “El Pitufo”.
- Sí, ya nada ha sido igual desde que murió.
            El aire frío de la madrugada se sentía con más fuerza en los altos del cerro “San Bartolo”. Después de varios minutos de caminata al fin habíamos llegado a la cima. Los reservorios eran inmensos, mucho más grandes de lo que había imaginado. La pandilla se acomodó en la explanada del cerro formando un círculo alrededor de una de las botellas de cañazo, mientras que la otra empezó a circular repetidamente pasando de una mano a otra. Yo permanecía a un costado de pie, observando cómo se encendían los primeros “pacos” de marihuana que “el lenguado” había sacado del bolsillo derecho de su pantalón para repartirlo al resto.
-¿Puedo subirme al techo? – Interrumpí con algo más de confianza.
-Tómate un trago y después súbete a una nube si quieres-Respondió con gracia “el Lenguado”.
-Pero no sé tomar.
-Cierra los ojos y empújate el trago de un solo golpe. Verás que ni lo sientes. Otra vez las risas Ja, ja, ja
Tener la ciudad a mis pies produjo en mí una sensación de grandeza, de libertad plena. El alcohol recorría mi cuerpo por primera vez. Aquél fue mi primer compartir con “los pirañas”, mis primeros tragos, mi primer amanecer fuera de casa. A cada rato “el lenguado” estuvo repitiéndome que era mejor volver y tragarme la bronca con el Francisco, pues nada había mejor que las faldas de una madre para sentirse protegido. Me lo repitió tantas veces que terminé por creérselo, aunque a decir verdad lo acepté como si hubiera sido la orden de un mando superior.  Desde entonces cada cosa que “el lenguado” decía era ley para mí; y fue así hasta que un grupo de pandilleros que pertenecían  a “los rojos” de El Progreso silenció su voz con siete balazos.   
Así como salí retorné a casa, en silencio, sin que nadie sospechara de mi travesía nocturna. Pasaban los días y mi convivencia se fue haciendo cada vez más fuerte con “los pirañas”. Resultaba muy fácil engañar a mamá; de tanto trabajar ella caía rendida en su cama siempre a las nueve de la noche, nunca más tarde de esa hora; lo que facilitaba mis escapadas. Casi a diario, “los pirañas” nos lidiábamos a muerte con “los torocos” de San Francisco de Asís o “los rojos” de El progreso; además, cuando faltaba plata para los tragos, atracábamos a los transeúntes que en su mala hora se topaban con nosotros. Ni las mujeres se salvaban, por eso la gente llegó a tenernos bastante odio, sobre todo al “lenguado”, a quien acusaron de haberle destrozado los pulmones con la retrocarga a un muchacho evangélico que nada tenía que ver con las pandillas. Eso no era cierto, pues el difunto pertenecía a “los rojos” y dejó tuerto de un piedrazo al “carretero”, desde esa vez el lenguado se la tenía jurada y cada cosa que él juraba la cumplía. Así que el final del evangélico no iba a ser otro que la muerte.
Como el evangélico hubo otros más que pagaron con su vida la ofensa a nuestra pandilla. Eso sí, “el lenguado” nunca obligó a nadie a matar, él predicaba que eso solito le nace a uno en el corazón. - “Así la conciencia no fastidia tanto por las noches” - decía. En mi caso, el corazón jamás me hizo la invitación para volverme asesino con la pandilla, a lo mucho que llegué fue a dar de navajazos en la pierna o los brazos a algún rival, también destapé la cabeza de unos cuantos a pedradas, pero lo que se dice matar nunca lo hice. La única idea que recorría mi conciencia, como un alacrán venenoso, era la forma en que podía sacar de la casa al Francisco; y eso se hacía cada vez más difícil, pues a mamita Esperanza le crecía el amor por él todos los días; bastaba con ver a mi madre atendiendo al desgraciado para darse cuenta lo mucho que ella lo quería. A mí me tocó por entonces aparentar que con el tiempo había podido por fin aceptar al Francisco como miembro de la familia. Así me la pasé muchos meses, mirando de reojo a mi padrastro, a la espera que hiciese alguna perrada para tener motivo de  botarlo a patadas de mi casa.      
            La sangre regada en las calles por los pandilleros envolvió a la ciudad en una manta de pánico. Estaba cantado que en cualquier momento el ejército iba a intervenir para poner freno a tanta barbarie que la policía nunca pudo contener. No es por alardear, pero a los guardias se le mojaban los pantalones cada vez que debían enfrentarnos. Desde la noche en que tuvimos el atrevimiento de ir a la comisaría del barrio San Pedro para liberar al “comegato” y le prendimos fuego al  local con seis guardias dentro, al mayor de la policía no le quedó más remedio que admitir la fragilidad de sus fuerzas para controlar la delincuencia juvenil. Casi un mes después del ataque a la comisaría empezaron a llegar los primeros camiones del ejército repletos de “cachacos”; apenas terminaron de instalarse, los militares dieron inicio a una persecución incansable a los pandilleros que la gente en las calles aplaudía con frases como  “acaben con esas ratas” o “mátenlos a todos”. Por primera vez, desde que empecé a juntarme con “los pirañas”,  pasó por mi cabeza la idea de abandonar la pandilla. Cuando le conté al lenguado lo que pensaba, éste me regañó con tanta cólera que de la pura vergüenza no volví a hablarle del tema nunca más. “¡sólo los maricones abandonan carajo! ¡Aquí si se jode uno nos jodemos todos!  Además crees que por salirte ya no te van a buscar. No seas huevón Julio, nuestras cabezas ya tienen precio”. Tres camiones repletos de cachacos armados con fusiles y metralletas hacían rondas permanentes en la ciudad; la atmósfera se volvió tensa, un ambiente de guerra se respiró durante los tres meses que tardó el ejército en desbaratar a las pandillas más peligrosas de Chimbote. El operativo del ejército dio rápidamente sus primeros frutos. En sólo dos semanas estuvo listo el primer contingente de pandilleros capturados, que serían trasladados hasta el cuartel militar de Tumbes, donde cumplirían por dos años el servicio militar.
Apenas  se corrió el rumor de que los militares no se irían de la ciudad hasta desaparecer la delincuencia juvenil, el pleito entre las pandillas se hizo más intenso. Cada bando se apresuró en cobrar venganza contra quienes alguna vez habían “chocado” con ellos. Entonces la cosa sí que se puso bien fea; en la morgue ya no cabía un muerto más. Los hospitales se llenaban a diario con decenas de cuerpos apuñalados o con el rastro imborrable del paso de una ráfaga de perdigones, con cráneos abiertos en dos como una sandía. Vivíamos un tiempo de exterminio mutuo entre las pandillas, mucho más feroz y sangriento de lo que habían sido los pasados años de broncas callejeras. Cada muerto era canjeado en sólo unas horas por otro del bando contrario. Hubo quienes prefirieron entregarse a los militares antes que terminar con el pecho perforado. “El pitufo”, “chaparro” y “el comegato” fueron los primeros en saltar el charco de sangre en busca de su salvación y se ofrecieron como voluntarios para servir en el ejército. A punto estuve de seguirles los pasos, pero antes que eso pasara la voz del lenguado volvió a entrampar mis deseos. “¡Maricones de mierda! Se jodieron conmigo. Ya van a ver cuando salgan del ejército, aquí los voy a esperar para arrancarle los huevos a cada uno…” Esa misma noche que al “lenguado” le salía fuego por los ojos, se oyó el berrear lacónico de una jauría flaca y ojeruda que se prolongó toda la madrugada. Durante tres noches más - así como ocurrió varios días antes de que mi papá se descerebrara en “la curva del diablo” - el aullido triste de los perros se repitió en el barrio inundándolo de un dolor lacerante. La madrugada que mataron “al lenguado” mis ojos se habían revelado contra el sueño, probé con ver la televisión hasta muy tarde para cansar las vistas pero ni aun así pude dormir siquiera una hora. En la mañana, muy temprano, me levanté con el peso del insomnio en los ojos y salí a la calle para ver a qué se debía todo el murmullo que penetraba en la casa por las ventanas. Justo cuando estaba por ganar la puerta, mamita Esperanza prorrumpió con tal fuerza que por poco trae abajo mi tabique. Había espanto en su mirar y traía encima una sudoración intensa que pude sentir cuando ella se lanzó sobre mí para abrazarme. En ese momento imaginé que aquella reacción era a causa de alguna cosa mala que le podía haber ocurrido al Francisco, pero mi idea se derrumbó cuando, aún con el susto en los labios, mamá me contó lo que había visto en la calle. “Ay Julito qué feo lo han matado a ese muchacho. Quien lo viera se espanta. Está amarrado en un poste frente a su casa. La sangre le chorrea por el cuerpo y la cabeza…Cuentan que en la madrugada cuatro tipos encapuchados bajaron de un taxi  y se tumbaron la puerta de su casa a patadas. Entraron hasta el cuarto donde él dormía y allí le dispararon cinco balazos en el pecho y dos en la cabeza, después de eso lo sacaron a rastras hasta la calle. La pobre mamá del muchacho ha visto todo sin poder hacer nada. ¡Cuánto estará sufriendo esa  mujer con el hijo muerto! ¡Qué feo Julito! Para rematar el dolor de la madre la gente anda hablando que el muchacho estaba metido en las pandillas y que lo mataron por venganza.  ¡Qué horror! ¡Prométeme que tú nunca vas a entrar a esas pandillas! ¡Prométemelo por favor.!”. Los brazos de mamita Esperanza se anudaron a mi cuerpo con mucha más fuerza, sembrando su pánico en todo mi ser. No fue necesario que mamá mencionara el nombre de “el lenguado” para darme cuenta de que era él la víctima de la espantosa historia que acaba de contarme.  ¡Carajo ya mataron al “lenguado”! ¡Ahora sólo faltas tú Julio!, me habló en secreto la voz de mi conciencia. Al día siguiente, recién entrada la tarde, un grupo de no más de treinta personas acompañó el cortejo fúnebre, que fue escoltado, durante todo su recorrido por dos camionetas de la policía. La noche del velorio, alguien había dejado junto al ataúd de “el lenguado” un arreglo floral en cuyo centro colgaba un papel escrito con tinta roja que decía: “Aún no nos cobramos todas las que nos debes perro de mierda”, la nota estaba firmada por “los rojos” de “El Progreso”, quienes se atribuyeron así el crimen. Don Artemio, uno de los pocos familiares que sufrían al muerto, fue quien descubrió el mensaje amenazador. Apenas leyó el papel salió disparado por la puerta, reventando la planta de sus pies en los recios llanques de jebe que llevaba puesto. A la media hora se le vio venir subido en “la chancha” con un contingente de policías que ni bien bajó del vehículo rodeó la casa y formó un cerco humano frente a la puerta; más de uno había abandonado el velatorio en medio del rumor de que “los rojos” continuarían su venganza hasta desaparecer a toda la familia de “el lenguado”. Era tanto el temor a una emboscada de los pandilleros, que ni siquiera la presencia policial hizo que la gente volviera a acompañar el féretro, que esperó la hora de su marcha sepulcral casi en solitario.
La tarde del entierro ya había decidido marcharme a otra ciudad. Aunque me daba pena tener que dejar a mi madre a merced del Francisco, qué más podía hacer, los tiempos no estaban como para calentarme los sesos pensando en el siguiente paso que debía dar. ¡A la mierda con todo, mañana en la noche me fugo para Lima! Qué chucha que “el lenguado” sienta que lo estoy traicionando y quiera volverse desde el infierno para arrancarme los huevos. No voy a quedarme a morir aquí”. La tierra le caía encima al ataúd; un hombre huesudo maniobraba una pala con la que iba tapando el hueco donde habían depositado los restos del “lenguado”; sólo una mujer se aferraba al muerto, una madre que bien podría ser la mía sino dejaba Chimbote lo más pronto posible. Pero con quince soles - que era todo el dinero que me acompañaba - no podía llegar muy lejos. Un golpe más. Juro que iba a ser el último.
No me cansaré de pedirle perdón a mamita Esperanza por el sufrimiento que le produje. Sé que su pena le duró mucho tiempo más; quizás hasta el día de su muerte. Yo ya no pude verla. El destino, disfrazado una vez más de demonio, quiso que ella se topara con la verdad justo antes de marcharme. Hubiese podido negarlo todo, mentirle como siempre, pero en su rostro se desparramaba un charco de lágrimas que me venció, sus ojos cargaban una cruz, la cruz de la realidad inminente; en ese momento no pude más que confesarle todo a mi madre. “Sí mamá, soy un ladrón, un mal hijo que te ha mentido todo este tiempo. Un miserable pandillero, eso soy. De nada sirve que te pida perdón porque sé que te jodí la vida. Yo estoy más jodido todavía, pues me andan buscando para matarme…No merezco tu amor mamita. No lo merezco…” - Luego de eso salí corriendo; cinco, diez, veinte cuadras, hasta que las calles se terminaron justo donde el mar se golpea contra las rocas. Allí esperé a que venga la noche y poder abordar un bus que me llevase hasta Lima…Durante todo el viaje pensé en mi madre y su dolor. Para hacer la culpa más llevadera le hice prometer a mi corazón que sólo volvería a casa siendo un hombre bien plantado, pero aún faltaba mucho para eso cuando, varios meses después, ojeando las primeras páginas de un diario, me topé con la noticia más aterradora que he leído; quedé paralizado, atrapado en una nube de silencio interior; peor aún de lo que fue enterarme que “los rojos” habían desenterrado el cuerpo de “el lenguado” para quemarlo, cumpliendo así la amenaza de seguir vengándose de él luego de haberlo asesinado. Aquél día que supe de la muerte de mi madre conocí lo que era en realidad sentir pánico, saboreé por primera vez el dolor que se desprendía de mis ojos y abría grietas en mi rostro hasta mojar mis labios. No podía creer lo que estaba leyendo. Esperanza Margarita Roncal Paredes (mi madre) fue encontrada muerta en su habitación con signos evidentes de haber sido golpeada salvajemente – así estaba escrito en el diario -  y decía además que el principal sospechoso, su conviviente Francisco Huerta Palacios, se declaró inocente ante la policía e inculpó del crimen a la banda juvenil denominada como “los rojos” del sector de El Progreso, alegando que el asesinato tuvo como móvil la venganza, pues la malograda mujer había sido madre de un pandillero que meses atrás perteneció a “los pirañas” del Carmen, bando contrario al de los asesinos. Cuando terminé de leer el diario supe lo que tenía que hacer.
Si retorné a Chimbote fue para matar al Francisco. A eso vine y en ningún momento dudé de que mi cometido pudiera truncarse. Lo encontré sentado en la sala de mi casa, muy cómodo él, sin dar muestras de dolor alguno por la muerte de mi madre. No le di tiempo de hablar, a veces pienso que se fue al infierno sin saber quien lo mató. El arma se hundió en su pecho unas treinta veces, quizás más. Su sangre en mis manos, en mi cuerpo, en mi rostro… “Al fin nos libramos de este maldito que te arruinó la vida mamita Esperanza. El podrá engañar a todos menos a mí. Yo sé que fue él quien te mató. Me lo dice mi corazón que nunca me ha mentido. Que me encierren toda la vida, que me maten si quieren, ya hice lo que tenía que hacer. Me da pena no haber podido estar contigo para defenderte, igual estoy seguro de que pronto estaremos juntos, con papá, con mi hermanita. Así será mamita Esperanza, veraz que sí. No me importa ir a la cárcel. Estoy feliz de haber hecho lo que tenía que hacer…
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Yo sé Julio que cuando me contaste toda esta historia, a pesar de que ya habían pasado varios años, aún te dolía la muerte de tu “mamita Esperanza”.  Me lo contaste todo de un solo salto, con sus puntos y sus comas bien puestas. ¡Hasta me hiciste llorar carajo! Y a mí que tanto me cuesta soltar una lágrima. Pero eso sí,  tu vida fue bien dura compadre, por eso ahora que te veo guardado en este hueco estoy seguro que estás  mejor. Aquí nadie te va a venir a molestar ni a reclamar nada. Y si lo hacen, tu indiferencia hará que se vayan bien rápido. ¡A mala hora que esa bala se te metió en el pecho! Aunque hablando de frente, como los machos, la culpa es tuya compadre. El crimen siempre paga mal. Yo te decía que ya mucho habías tenido con haber matado al Francisco, que el tiempo en la cárcel es duro y si fuera yo no me gustaría para nada volver a estar encerrado. Pero estando libre de terco nomás te metiste con los “Los injertos”. Esa banda de asaltantes estaba en la mira de la policía y en cualquier momento iban a caer. Mala suerte la tuya compadre que fue al único que abatieron. Al menos viniste a morir a tu tierra y así nos ahorramos el gasto de traerlo desde otro lugar… Yo siempre voy a venir a visitarlo y no crea que me he olvidado de su encarguito; en estos días me van a dar una platita en el trabajo y con eso mandaré a imprimir los poemas que escribiste durante tu vida en la cárcel; he pensado hacer un librito con ellos, uno pequeño nomás para el recuerdo. La gente anda hablando que bien merecido tiene todo el mal que le ha caído encima; pero yo sé que no es así, que también supiste de cosas buenas y una de ellas es lo bien que sabías hacer poemas y cuentos. ¡Hay que taparles la boca carajo!... Bueno compadrito, ya va a caer  la noche y es hora de regresar a casa sino su comadre se pone celosa. Ya sabe usted como es ella de desconfiada. Cuídese mucho y si está cerca de doña Esperanza y don José dele mis saludos ¡Aquí los extrañamos a todos!                           
FIN

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