| Ricardo Lara Wekselman |
Cuando el calor arrecia, a pesar de que el verano ha quedado atrás, se vuelve necesario aplacar la sed refrescando la garganta con alguna bebida helada o un bocado frío. Una buena opción para aliviar la fatiga y darse, además, un gustito, se encuentra en la intersección del jirón Manuel Villavicencio y el jirón Ladislao Espinar. A un par de metros de esa concurrida esquina, un hombre que sobrepasa los setenta años, espigado, de piel rosácea, corpulencia de roble y singular mostacho, se ha convertido en la atracción del centro de la ciudad; ¿el motivo?, sus sabrosas raspadillas multisabores que, según él, tienen incluso cualidades curativas.













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